Por redacción :
En los pasillos del poder estatal y en las pantallas de millones de mexicanos, el nombre de María Eugenia Campos, gobernadora de Chihuahua desde 2021, va acompañado de una etiqueta que no se desprende fácilmente: la fama de un presunto consumo problemático de alcohol. No se trata de una acusación formal ni de un diagnóstico médico, sino de una narrativa que ha crecido orgánicamente en redes sociales, medios críticos y conversaciones de café. Una fama que, como un vaso medio lleno o medio vacío, invita a reflexionar sobre el delicado equilibrio entre la vida privada de un líder y el escrutinio implacable de la opinión pública.
Todo comenzó a cobrar fuerza en 2023. Durante un evento político en el Estado de México, un video de la mandataria hablando con tono acelerado y expresiones que algunos interpretaron como signos de ebriedad se volvió viral. Meses después, en la noche del Grito de Independencia en el Palacio de Gobierno de Chihuahua, otro clip mostró a Campos entonando los “vivas” con dicción irregular, campanadas fuera de ritmo y un momento en que la bandera nacional se le escapó de las manos. Para sus detractores, eran pruebas irrefutables. Para sus defensores, simples interpretaciones maliciosas de un momento de cansancio o de la presión del evento. El debate se encendió en TikTok, X y Facebook, donde los hashtags y memes hicieron el resto.
La polémica no se quedó en el pasado. En enero de 2026, el propio gobierno estatal difundió fotografías de una reunión institucional con el rector de la Universidad Tecnológica de Ciudad Juárez. En las imágenes oficiales aparecía, sobre la mesa de trabajo, un caballito tequilero doble junto a limones, sal y un termo blanco. Al fondo, una botella de tequila premium. Lo que para algunos era solo un detalle de hospitalidad mexicana, para otros fue la confirmación de “consumo en horario laboral”. Frases como “Si toma, no gobierne” se multiplicaron en redes, alimentadas por la oposición y cuentas críticas. La imagen, irónicamente, provenía de la comunicación oficial del gobierno.
¿Qué dice esta fama persistente sobre la política mexicana? En primer lugar, revela el poder amplificador de las redes sociales. Una foto o un video de pocos segundos puede definir una narrativa que años de gestión difícilmente borran. En segundo lugar, plantea una pregunta incómoda sobre los estándares de escrutinio: ¿se juzga con la misma vara a los líderes hombres? La historia mexicana está llena de anécdotas etílicas de presidentes y gobernadores que, lejos de dañar su imagen, a veces se convertían en folclore. Con una mujer al frente, el juicio parece más severo, más moralizante.
Pero más allá del género, el fenómeno invita a una reflexión más profunda: en una democracia, ¿dónde termina el derecho a la privacidad y comienza la obligación de ejemplaridad? Los gobernantes son personas de carne y hueso, sujetas a presiones enormes, viajes interminables y decisiones que afectan a millones. Sin embargo, la confianza pública es frágil. Cuando las imágenes sugieren que un líder podría no estar en plenas facultades durante actos oficiales, la duda se instala. No importa si es real o fabricada; la percepción, en política, es casi tan importante como la realidad.
Maru Campos ha gobernado en medio de otros señalamientos —corrupción heredada de administraciones anteriores, desafíos de seguridad y críticas por su estilo confrontativo—, pero la “fama etílica” parece tener una vida propia. Resurge cada vez que hay un evento público o una foto desafortunada. Sus simpatizantes lo atribuyen a una campaña de desprestigio orquestada por la oposición. Sus críticos lo ven como un síntoma de falta de control. La verdad, como siempre en estos casos, probablemente esté en un punto intermedio que pocos se atreven a explorar con serenidad.
Al final, esta historia no es solo sobre una gobernadora. Es sobre cómo la sociedad mexicana observa —y a veces devora— a sus líderes. Es sobre el espejo distorsionado de las redes, donde un termo y un caballito pueden eclipsar informes de gobierno, obras públicas o negociaciones internacionales. Mientras Maru Campos termine su mandato en 2027, la pregunta queda flotando en el aire de Chihuahua: ¿será capaz la fama de disiparse con el tiempo, o seguirá siendo esa sombra que, como el alcohol mismo, a veces nubla más de lo que ilumina?
En política, como en la vida, las copas se vacían. Los rumores, en cambio, suelen ser más resistentes.
