El gobierno de Aguascalientes no sólo filtra lo que se dice, también se interviene cómo se percibe.
No es el peor caso de manipulación y censura en sus redes pero tampoco es un ejemplo de transparencia digital
Edilberto Aldán
Las redes sociales del poder en Aguascalientes proyectan una imagen de cercanía, control y eficacia. A simple vista, la conversación parece fluir: hay interacción, hay presencia, hay narrativa. Pero cuando se observa con herramientas de análisis más finas, lo que aparece no es necesariamente diálogo, sino una gestión estratégica de la percepción.
El Índice de Salud Digital elaborado por CRIPESO analiza el comportamiento de las cuentas oficiales de los gobernadores en México durante marzo de 2026, este estudio ubica a Aguascalientes en la séptima posición nacional, con un promedio general de 34.00%. El dato, en apariencia positivo, coloca a la entidad dentro del top 10 del país en desempeño digital. Sin embargo, el desglose de los indicadores revela una realidad más compleja.

El estudio mide dos variables clave: el Índice de Censura de Comentarios (ICC) y el Índice de Spam General (ISG). El primero detecta la eliminación selectiva de críticas; el segundo, la presencia de actividad artificial o no orgánica en la interacción digital.
En el caso de Aguascalientes, el ICC se ubica en 0.32, lo que lo coloca en un nivel de censura moderada. Esto implica que existe una intervención sobre la conversación pública: los comentarios críticos no desaparecen por completo, pero tampoco se mantienen íntegros. Hay un filtro. Hay una curaduría del descontento.
El patrón es técnico, pero sus implicaciones son políticas. Cuando las reacciones negativas no encuentran eco en los comentarios visibles, lo que se construye es una narrativa incompleta. La crítica existe, pero no se muestra en su totalidad. Se administra.
El segundo indicador, el ISG, arroja un valor de 0.36 para Aguascalientes, lo que corresponde a un nivel de riesgo medio de manipulación. Este dato sugiere la presencia de interacción que no es completamente orgánica: amplificación positiva, patrones repetitivos o engagement que no corresponde con el comportamiento natural de una comunidad digital.
No se trata de un caso extremo. Aguascalientes no aparece como un perfil “contaminado”, ni encabeza los niveles de censura. Pero precisamente ahí radica el punto: se trata de un modelo intermedio, una zona gris donde la conversación no es completamente libre, pero tampoco abiertamente intervenida.
Un modelo híbrido.
La comparación regional permite dimensionar mejor el fenómeno. Mientras Jalisco presenta una censura extrema (ICC 0.60) pero con interacción orgánica (ISG 0.10), y Querétaro mantiene niveles similares de censura moderada pero con un entorno digital sano (ISG 0.14), Aguascalientes combina ambas variables: modera la crítica y, al mismo tiempo, presenta señales de distorsión en la interacción.
Es decir, no sólo se filtra lo que se dice, sino que también se interviene cómo se percibe.
Esta doble condición tiene efectos concretos. Por un lado, permite sostener una imagen pública relativamente estable, sin los sobresaltos que genera la crítica abierta. Por otro, introduce ruido en la lectura del respaldo ciudadano, al mezclar interacción real con posibles dinámicas artificiales.
El resultado es una conversación parcialmente controlada. Eso, en términos de comunicación política, es eficaz. Pero en términos democráticos, es problemático.
Porque si la crítica se modera y el apoyo se amplifica, lo que se pierde no es sólo la autenticidad del diálogo, sino la posibilidad misma de entender el ánimo social. El gobernante escucha, pero no necesariamente escucha todo. Y cuando eso ocurre, la toma de decisiones corre el riesgo de apoyarse en una versión editada de la realidad.
El informe de CRIPESO no establece intencionalidades ni atribuye responsabilidades directas. Lo que hace es identificar patrones. Pero esos patrones son suficientes para abrir preguntas que hasta ahora no se formulaban con claridad: ¿quién decide qué comentario permanece y cuál desaparece?, ¿qué parte del respaldo visible es genuina?, ¿y qué papel juegan las estrategias digitales en la construcción de esa percepción?
En el caso de Aguascalientes, la respuesta no es categórica, pero sí reveladora: la conversación existe, pero está intervenida.
La gobernadora Teresa Jiménez mantiene un posicionamiento competitivo en el entorno digital nacional. Su presencia es sólida, su alcance es alto y su narrativa es consistente. Pero los indicadores muestran que ese posicionamiento no descansa exclusivamente en interacción orgánica.
Hay control. Hay gestión. Hay estrategia. Eso obliga a replantear la manera en que se leen las redes sociales como termómetro político. Durante años, se asumió que más interacción significaba más respaldo. Hoy, esa equivalencia ya no es automática.
La salud digital no es un asunto técnico ni un debate sobre algoritmos. Es un indicador de la calidad de la conversación pública. Y en el caso de Aguascalientes, esa conversación no es completamente libre ni completamente artificial: se encuentra en un punto intermedio donde la percepción se administra sin romper del todo la apariencia de espontaneidad.
Con la publicación de este índice, la discusión deja de ser sobre presencia digital y se desplaza hacia un terreno más incómodo: el de la autenticidad. Porque si lo que se muestra como respaldo ciudadano está parcialmente intervenido, entonces la pregunta ya no es cuántos apoyan, sino en qué condiciones se construye ese apoyo.
La pregunta para Aguascalientes, y para todos los gobiernos, es simple: ¿prefieren escuchar a la ciudadanía o administrar lo que parece que dice? Porque lo que está en juego no es la imagen, es la calidad de la conversación pública.
