Ilustración oscura, corrupción, anonimato y violencia escolar
Usted se preguntará qué diablos tienen que ver la “Ilustración Oscura”, la corrupción, el anonimato y los recientes casos de violencia escolar en nuestro país.
Despejemos la incógnita.
La llamada Dark Enlightenment o Ilustración Oscura es una corriente neorreaccionaria que cuestiona la democracia liberal, el igualitarismo y esa bonita idea de que inevitablemente avanzamos hacia sociedades mejores. Nick Land acuñó el término y Curtis Yarvin desarrolló buena parte de estas ideas desde internet: la democracia como sistema ineficiente, élites burocráticas, gobiernos manejados casi como empresas y ciudadanos convertidos prácticamente en clientes.
Su receta me parece peligrosa. Pero su diagnóstico, el de una democracia que premia más la popularidad que la capacidad, merece una pausa.
Umberto Eco ya advertía que internet le daría micrófono a una legión de opinadores. Lo que no alcanzó a imaginar es que algunos terminarían ocupando puestos de poder.
Hoy importa cada vez menos la capacidad o el perfil. A la partidocracia y a sus dueños les interesa, primero, una pregunta: ¿quién me puede ganar la elección?
Gobernar bien, pues ya veremos.
Para eso están los gurús del marketing. Así terminamos construyendo gobernantes sostenidos más por likes que por resultados.
Y aquí aplica aquello de que no tiene la culpa el indio, sino el que lo hizo compadre.
De ahí brincamos a la corrupción.
Los políticos hechos y derechos del siglo pasado repetían, casi como mantra, que en el servicio público no se castigaba la corrupción, sino la estupidez: lo malo no era robar, sino dejarse atrapar.
Hoy pareciera que evolucionamos: ya ni esconderlo resulta indispensable.
Viajes, propiedades, lujos, negocios, conflictos de interés y explicaciones que insultan la inteligencia. Mientras tanto, los mecanismos de fiscalización (congresos, contralorías, sistemas anticorrupción) parecen, demasiadas veces, espectadores de lujo.
Y ahí entramos nosotros. Porque si eres partidario del régimen, defiendes a capa y espada a tus corruptos o, cuando menos, volteas discretamente hacia otro lado. Y si eres de la oposición, iguanas ranas.
Todo es mentira, persecución política o invento de Doña Ernestina para perjudicar a nuestros héroes inmobiliarios, hasta que el corrupto es del partido contrario.
Y entonces llegamos al anonimato.
México tenía alrededor de 99 millones de cuentas de redes sociales hacia finales de 2025. No necesariamente equivalen a 99 millones de personas distintas, pero dan idea del tamaño de nuestra vida digital.
Y en esa plaza pública conviven personas, bots, trolls, granjas y cuentas anónimas. El propio INE ha señalado que investigaciones internacionales ubican en alrededor del 20 por ciento la proporción de bots en ciertas conversaciones digitales coyunturales.
Aquí la oscuridad deja de ser solamente metáfora.
Chen-Bo Zhong, Vanessa Bohns y Francesca Gino realizaron tres experimentos sobre oscuridad, anonimato y comportamiento, y encontraron algo fascinante: no necesitamos ser realmente anónimos; basta con sentirnos ocultos para reducir ciertas inhibiciones. En sus experimentos, la oscuridad aumentó las conductas deshonestas o egoístas aun cuando el anonimato objetivo no había cambiado.
Traducido al castellano de Facebook: detrás de una cuenta falsa todos podemos sentirnos muy valientes.
Y llegamos finalmente a nuestros jóvenes.
En apenas dos días, México registró esta semana dos ataques con arma blanca en secundarias: uno en Querétaro y otro en Torreón. En este último murió la subdirectora y hubo cuatro personas heridas. Las investigaciones han puesto también la mirada en comunidades digitales y contenidos violentos, aunque las causas concretas deben establecerlas las autoridades.
Conviene ser claros: nadie puede atribuir estas tragedias a una sola causa, y mucho menos a las redes. Pero tampoco podemos fingir que el entorno en el que crecen nuestros hijos es irrelevante.
Mis hijos me enseñaron otra palabra: “recha”. Ser rechazado.
A muchos jóvenes ya no solamente les preocupa pertenecer al grupo real, sino existir en el digital; tener likes, seguidores, reconocimiento. Y pocos castigos parecen tan aterradores como ser “funados”. Nos estamos convirtiendo en esclavos frustrados del algoritmo.
Quizá sea momento de discutir seriamente la identidad digital. No para prohibir, censurar o construir un Gran Hermano, sino para preguntarnos hasta dónde una cuenta que interviene masivamente en la conversación pública debe poder esconder, de manera permanente, quién está detrás.
Los neorreaccionarios celebran la oscuridad como método de gobierno. A nosotros nos toca exigir y buscar lo contrario.
Los propios Zhong, Bohns y Gino titularon su estudio, publicado en 2010, “Good Lamps Are the Best Police”: las buenas lámparas son la mejor policía. Entre tanta oscuridad política, corrupción, bots, odio y anonimato, quiza lo que necesitamos es algo bastante sencillo, tan solo prender la luz.
Y sin duda la mejor lámpara sigue siendo la transparencia. ¿Tendremos el valor o nos seguirá valiendo, como hasta ahora?
Autor: Ricardo Heredia Duarte
