Brasil, 6 de octubre de 2026.- Durante décadas circuló en América Latina una explicación tan atractiva como difícil de demostrar: que el espectacular crecimiento de las iglesias evangélicas y pentecostales fue parte de una operación diseñada por Estados Unidos y ejecutada, directa o indirectamente, por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) para contener a la izquierda, combatir la Teología de la Liberación y disminuir el poder político de la Iglesia católica.
Los documentos desclasificados permiten reconstruir una historia más compleja.
Washington efectivamente consideró a las iglesias latinoamericanas un asunto de seguridad nacional durante la Guerra Fría. La CIA estudió su comportamiento político, las corrientes ideológicas de sacerdotes y religiosos, el crecimiento de los grupos protestantes y el papel de los misioneros extranjeros. Además, la propia Agencia reconoció posteriormente haber mantenido relaciones con personas vinculadas con iglesias y organizaciones misioneras.
Sin embargo, los documentos conocidos hasta ahora no permiten sostener como hecho probado que haya existido un único programa continental de la CIA encargado de crear, financiar y dirigir la expansión evangélica latinoamericana.
Lo que sí aparece documentado es la convergencia histórica entre tres fenómenos: la estrategia anticomunista estadounidense, la llegada y expansión de organizaciones misioneras protestantes procedentes principalmente de Estados Unidos y el progresivo crecimiento de iglesias pentecostales latinoamericanas que terminaron desarrollando estructuras políticas propias.
Más de medio siglo después, Brasil muestra hasta dónde llegó esa transformación.
La primera vuelta presidencial del 4 de octubre de 2026 volvió a demostrar que religión y política se han convertido en variables difícilmente separables dentro de la mayor democracia latinoamericana. Flávio Bolsonaro obtuvo alrededor de 47% de los votos frente a aproximadamente 45% de Luiz Inácio Lula da Silva, llevando la elección a una segunda vuelta prevista para el 25 de octubre.
Detrás de esas cifras aparece una fractura que comenzó a construirse décadas atrás: la división religiosa del electorado brasileño.
Cuando la CIA comenzó a mirar hacia las iglesias
El 12 de julio de 1969, el gobierno de Richard Nixon emitió el National Security Study Memorandum 68 (NSSM-68).
La instrucción llevaba un título revelador: Report on Military and Church in Latin America.
Nixon ordenó que la CIA preparara un estudio de las iglesias latinoamericanas y que el Estado Mayor Conjunto estadounidense realizara otro sobre las fuerzas armadas de la región.
La orden a la CIA era extraordinariamente específica. Debía elaborar un análisis país por país sobre las estructuras eclesiásticas, su función dentro de la sociedad, sus tendencias internas y sus principales dirigentes.
Pero Washington quería conocer algo adicional: “el papel y significado del clero extranjero y de los grupos y misioneros no católicos”.
No era simplemente curiosidad religiosa.
La Revolución Cubana había modificado una década antes las prioridades estadounidenses en el hemisferio. Al mismo tiempo, dentro del catolicismo latinoamericano surgían sacerdotes, comunidades de base y movimientos comprometidos con reformas sociales, redistribución económica, organización campesina y defensa de los pobres.
Después de la Conferencia Episcopal de Medellín de 1968, algunas de estas corrientes comenzarían a asociarse con lo que posteriormente sería conocido internacionalmente como Teología de la Liberación.
Para Washington, el movimiento merecía atención.
El memorándum de inteligencia elaborado por la CIA en octubre de 1969 consideraba que la Iglesia católica se había convertido en una de las principales fuerzas favorables al cambio social en América Latina.
La Agencia observaba además que algunos sacerdotes progresistas responsabilizaban a la “dominación extranjera” de los problemas económicos regionales y advertía que Estados Unidos podía convertirse en objetivo de esas críticas. Incluso contemplaba la posibilidad de que determinados sectores religiosos terminaran aliados con organizaciones políticas de izquierda.
La religión había entrado formalmente en los cálculos geopolíticos de Washington.
Los protestantes ya estaban creciendo
El mismo informe de inteligencia proporciona otro dato fundamental.
La CIA constataba en 1969 que, aunque los protestantes seguían siendo una pequeña minoría frente al catolicismo latinoamericano, habían registrado un “tremendo incremento” de seguidores.
Y señalaba particularmente a los pentecostales.
Según el documento, constituían ya más de 60% de la membresía protestante de la región.
Este punto introduce una diferencia esencial.
La CIA observaba un proceso que ya estaba ocurriendo.
El protestantismo latinoamericano no nació en los despachos de Langley. Sus antecedentes regionales son anteriores a la Guerra Fría y las misiones protestantes estadounidenses habían penetrado América Latina desde mucho antes de los años sesenta.
La investigación histórica muestra, no obstante, que después de la Segunda Guerra Mundial aumentó considerablemente la actividad misionera estadounidense en la región. La expulsión de misioneros protestantes de China tras el triunfo comunista fue uno de los factores que redireccionaron personal religioso hacia América Latina.
El resultado fue una coincidencia histórica de enorme importancia: mientras Estados Unidos ampliaba su confrontación contra el comunismo, organizaciones evangélicas norteamericanas aumentaban también su presencia religiosa en el mismo territorio.
Coincidencia no significa necesariamente subordinación.
Las iglesias tenían objetivos religiosos propios, las organizaciones misioneras poseían agendas independientes y el mundo protestante estaba —y continúa estando— profundamente fragmentado.
Pero sus discursos podían coincidir en determinados puntos con las prioridades estadounidenses de la Guerra Fría, particularmente en el anticomunismo.
¿La CIA utilizó religiosos?
Existe otra pieza documental que impide descartar completamente los vínculos entre inteligencia y estructuras religiosas.
En febrero de 1976, después de las revelaciones sobre abusos de las agencias estadounidenses de inteligencia y en medio de las investigaciones del Comité Church del Senado, el director de la CIA emitió una declaración sobre las relaciones de la Agencia con periodistas y religiosos.
El documento reconocía que, durante años, la CIA había mantenido relaciones con estadounidenses procedentes de numerosos sectores profesionales y sociales.
Respecto de sacerdotes y misioneros, la nueva política establecía que la CIA no mantendría relaciones secretas remuneradas o contractuales con clérigos o misioneros estadounidenses, aunque continuaría aceptando información proporcionada voluntariamente por ellos.
El documento es significativo porque confirma que el universo religioso no estaba completamente separado de las operaciones de obtención de información de la inteligencia estadounidense.
Pero nuevamente aparece la diferencia entre contactar o utilizar individuos religiosos para tareas de inteligencia y organizar una estrategia continental destinada a convertir latinoamericanos al evangelicalismo.
No son afirmaciones equivalentes.
La primera dispone de respaldo documental. La segunda requiere pruebas mucho más contundentes.
Anticomunismo, religión y América Latina
La asociación política entre sectores evangélicos conservadores y el anticomunismo se fortaleció durante las siguientes décadas.
Una investigación académica publicada en Brasil sobre el apoyo evangélico al régimen militar brasileño y posteriormente al bolsonarismo señala también antecedentes de cooperación entre organizaciones de la derecha cristiana estadounidense y las políticas anticomunistas desarrolladas en Centroamérica durante los años ochenta.
Pero tampoco puede reducirse el evangelicalismo latinoamericano a una extensión de Washington.
David Stoll, uno de los investigadores clásicos del fenómeno, cuestionó precisamente las explicaciones que interpretaban el crecimiento protestante únicamente como una “invasión de sectas” dirigida desde Estados Unidos. Su investigación describió un proceso religioso mucho más profundo y complejo, relacionado también con transformaciones sociales, urbanización, crisis de las estructuras católicas tradicionales y capacidad de las congregaciones evangélicas para construir comunidades locales.
Con el tiempo ocurrió algo todavía más importante.
Las iglesias dejaron de ser solamente receptoras de misioneros extranjeros.
Se brasileñizaron, guatemaltequizaron, mexicanizaron y latinoamericanizaron.
Crearon universidades, estaciones de radio, canales de televisión, organizaciones asistenciales, editoriales, redes empresariales y posteriormente estructuras electorales.
El fenómeno adquirió vida política propia.
Brasil: el laboratorio más grande
Brasil constituye probablemente el ejemplo más espectacular de esta transformación religiosa.
El Censo de 2022 mostró que los católicos representaban 56.7% de la población de diez años o más, frente al 65.1% registrado en 2010.
Los evangélicos siguieron la trayectoria contraria.
Pasaron de 21.6% a 26.9% durante el mismo periodo, alcanzando aproximadamente 47.4 millones de personas.
Pew Research Center encontró, además, que Brasil es el único de los seis países latinoamericanos examinados recientemente donde una mayoría de los protestantes encuestados pertenece al pentecostalismo.
La transformación demográfica produjo inevitablemente consecuencias políticas.
Pero tampoco ocurrió de manera automática.
Durante distintos momentos, dirigentes evangélicos apoyaron candidatos de diferentes corrientes políticas. El pastor Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios, por ejemplo, respaldó a Dilma Rousseff en 2010.
El alineamiento predominante de importantes sectores evangélicos con la derecha brasileña se consolidaría posteriormente.
Bolsonaro comprendió el fenómeno
Jair Bolsonaro encontró en ese universo religioso una extraordinaria estructura de movilización.
Aunque procedente del catolicismo, construyó estrechos vínculos con dirigentes evangélicos y convirtió temas como aborto, familia, educación sexual, seguridad pública y rechazo a la izquierda en elementos centrales de su comunicación política.
La relación funcionó.
Investigaciones académicas sobre las elecciones brasileñas de 2022 encontraron que las recomendaciones de dirigentes religiosos pueden influir sobre las decisiones electorales de sus seguidores. El fenómeno no es exclusivo de los evangélicos —también existe entre católicos—, pero resulta especialmente relevante debido a la creciente organización política del universo pentecostal.
En 2022, Bolsonaro obtuvo un apoyo considerablemente mayor que Lula entre los evangélicos. El patrón no desapareció después de su salida del poder.
Pasó a la siguiente generación.
Flávio Bolsonaro y la elección de 2026
Cinco días antes de la primera vuelta de 2026, Datafolha mostraba la profundidad de la división religiosa.
Lula registraba 50% entre los electores católicos.
Flávio Bolsonaro alcanzaba 52% entre los evangélicos.
Una medición anterior de Datafolha había mostrado una diferencia todavía más ilustrativa: Flávio obtenía 48% entre evangélicos frente a apenas 26% de Lula.
Los resultados territoriales de la primera vuelta reforzaron posteriormente la existencia de esa fractura. Un análisis de los municipios brasileños encontró que Flávio Bolsonaro consiguió mejores resultados en localidades con mayor concentración evangélica.
Esto no significa que exista un “voto evangélico” completamente uniforme.
Las variables económicas, regionales, educativas, raciales y sociales continúan interactuando con la identidad religiosa.
Pero la religión constituye ya una variable electoral imposible de ignorar.
Una guerra cultural en los templos y las redes
La campaña de 2026 confirmó además que la competencia religiosa ya no ocurre solamente dentro de los templos.
También ocurre en WhatsApp, Instagram, YouTube, TikTok y otras plataformas digitales.
Uno de los episodios más reveladores ocurrió cuando Flávio Bolsonaro declaró que proclamaría que Brasil “pertenece al Señor Jesucristo”.
La expresión provocó una controversia nacional después de que sectores católicos interpretaran que podía implicar un cuestionamiento a Nuestra Señora de Aparecida como patrona de Brasil.
La acusación se viralizó.
Flávio Bolsonaro negó pretender retirar ese reconocimiento y calificó la versión como falsa. La polémica, sin embargo, mostró hasta qué punto las identidades religiosas se han convertido en material electoral.
La disputa política brasileña tiene así una nueva frontera.
Católicos y evangélicos ya no son únicamente categorías religiosas.
También funcionan como segmentos electorales disputados por campañas, candidatos, partidos, influencers y dirigentes religiosos.
De Washington a Brasilia: lo que puede probarse
La tentación consiste en dibujar una línea completamente recta:
CIA → misiones evangélicas → anticomunismo → Bolsonaro.
La historia documental no permite hacerlo con esa simplicidad.
Lo que puede reconstruirse es una cadena mucho más compleja.
Estados Unidos identificó durante la Guerra Fría a la religión latinoamericana como un terreno políticamente estratégico.
La CIA estudió sistemáticamente las iglesias y prestó atención tanto a la radicalización de sectores católicos como al crecimiento protestante.
Organizaciones misioneras estadounidenses desarrollaron paralelamente una expansión extraordinaria en América Latina.
Sectores evangélicos compartieron con Washington un intenso anticomunismo, mientras otros protestantes desarrollaron posiciones progresistas e incluso cooperaron con católicos comprometidos con reformas sociales.
Con el paso de las décadas, el evangelicalismo latinoamericano dejó de depender fundamentalmente de los misioneros extranjeros y construyó sus propias instituciones, liderazgos, medios de comunicación y estructuras políticas.
Brasil representa la fase más avanzada de ese proceso.
La paradoja histórica
Aquí aparece quizá la conclusión más interesante.
Si durante la Guerra Fría Washington observaba a las iglesias como instrumentos potenciales dentro de la disputa ideológica mundial, las organizaciones evangélicas latinoamericanas actuales ya no necesitan que una potencia extranjera les explique cómo ejercer poder.
Poseen electores.
Poseen legisladores.
Poseen medios.
Poseen recursos económicos.
Poseen redes sociales.
Y poseen algo particularmente valioso en democracias altamente fragmentadas: comunidades organizadas capaces de convertir identidad religiosa en movilización política.
Brasil 2026 lo demuestra.
El país que durante siglos fue presentado como la mayor nación católica del planeta tiene ahora casi 50 millones de evangélicos según el último censo disponible.
Y una parte considerable de ese universo se ha convertido en uno de los territorios políticos centrales de la derecha brasileña.
La primera vuelta acaba de mostrar su dimensión.
Flávio Bolsonaro obtuvo aproximadamente 47% de los votos y Lula alrededor de 45%. Brasil volverá a las urnas el 25 de octubre.
La CIA de los años sesenta quería saber qué estaba ocurriendo dentro de las iglesias latinoamericanas porque comprendía que la religión podía modificar el equilibrio político del continente.
Cincuenta y siete años después, Brasil ofrece una respuesta inesperada.
El fenómeno evangélico ya no puede entenderse simplemente como instrumento de una potencia extranjera.
Se convirtió en poder político latinoamericano por derecho propio.
Y en Brasil, ese poder vuelve a estar sentado en primera fila frente a las urnas.
