Ayer participamos en un conversatorio con dos escritores y un político de la vieja guardia. De esos personajes que conocen las entrañas del poder y que, como todos, tienen sus bemoles, sus seguidores y sus detractores.
Más allá de los participantes y sus reflexiones, quiero detenerme en el escenario: la Universidad Tecnológica Metropolitana de Aguascalientes (UTMA).
Una institución pública fundada apenas en 2018, con un modelo educativo bilingüe, internacional y sustentable, ubicada en una de las zonas más populares y pobladas de la capital. Tan joven que, hasta hace poco, llegar a sus aulas implicaba sortear brechas y caminos de terracería.
Una paradoja muy mexicana, construimos instituciones para preparar a los jóvenes para el futuro, pero olvidamos construirles los caminos para llegar a él.
Su rector parece haber comprendido algo que suele perderse entre estadísticas, presupuestos e informes oficiales: las universidades no solo deben formar profesionistas, también ciudadanos capaces de pensar críticamente.
Y hacerlo en Aguascalientes tiene un significado particular.
En este pequeño Lunar Azul, donde el panismo conserva una hegemonía política y donde, además, Claudia Sheinbaum perdió la elección presidencial de 2024 (el único estado del país en el que ocurrió), abrir espacios plurales de discusión es una oportunidad para enriquecer el debate público. Porque votar mayoritariamente por una opción no significa pensar todos igual.
Desde que tengo uso de raciocinio político he defendido la educación pública. No porque las universidades estén libres de burocracias, intereses o disputas de poder, sino porque históricamente han sido espacios fundamentales para transformar a la sociedad.
Basta repasar nuestra historia contemporánea.
Manuel Gómez Morín, rector de la UNAM entre 1933 y 1934, fundó el Partido Acción Nacional. Elí de Gortari, rector de la Universidad Michoacana entre 1961 y 1963, encarnó una corriente marxista, crítica del poder y cercana a los movimientos sociales y estudiantiles. Dos visiones ideológicas opuestas con una coincidencia: entendieron que la universidad no podía permanecer indiferente al destino nacional.
Jorge Carpizo, José Narro y Juan Ramón de la Fuente pasaron de la rectoría de la UNAM a importantes responsabilidades de gobierno. En los estados, Raúl Padilla López levantó desde la Universidad de Guadalajara una extensa red de influencia cultural y política; Genovevo Figueroa Zamudio y Salvador Jara Guerrero saltaron de la rectoría de la Universidad Michoacana a la gubernatura de Michoacán.
Historias distintas, algunas controvertidas, que demuestran que las universidades también han sido centros de formación, articulación y disputa del poder.
Pero regreso al conversatorio.
Entre las reflexiones surgió una cuestión de fondo: cómo las decisiones de funcionarios, legisladores y gobernantes terminan modificando la vida cotidiana. Cómo una ley, una reforma o un pacto político pueden reconfigurar el destino de millones de personas.
Y ahí aparece una vieja enfermedad nacional: la política del parche.
Cada sexenio llega una nueva receta tipo “Saving Mexico”. Modernización, alternancia, reformas estructurales, transformación. Cambian los discursos, las prioridades y los protagonistas, pero persiste la tentación de resolver problemas estructurales con soluciones coyunturales. Guadalajara y su crisis de agua potable quizá sea el botón de muestra más adecuado de esta política del parche.
Si falla la seguridad, reformamos leyes. Si la educación presenta deficiencias, modificamos programas. Si las instituciones pierden credibilidad, cambiamos funcionarios.
Y cuando los resultados no llegan, culpamos al pasado.
A ello sumamos el pesimismo convertido en costumbre nacional. Para unos todo está mal; para otros, cuestionar al gobierno equivale a traicionar al país. Entre ambos extremos desaparecen los matices, las propuestas y el pensamiento crítico y complejo.
Aquí es donde los rectores y exrectores deberían recuperar protagonismo. No como aspirantes perpetuos a gubernaturas, secretarías o candidaturas, sino como referentes intelectuales capaces de impulsar diagnósticos, soluciones y debates sustentados en el conocimiento.
México necesita universidades que cuestionen al poder sin convertirse en oposición partidista; que colaboren con los gobiernos sin someterse a ellos; que dialoguen con los empresarios sin reducir la educación a una fábrica de mano de obra. Universidades donde convivan liberales, conservadores, progresistas y ciudadanos sin militancia, porque la pluralidad no debilita al pensamiento: lo fortalece.
Por eso me parece significativo este conversatorio en una universidad joven, enclavada en una zona popular de Aguascalientes. No porque una conversación transforme por sí sola la realidad, sino porque demuestra que las grandes discusiones nacionales no tienen por qué comenzar en Palacio Nacional, en el Congreso o en las oficinas partidistas. También pueden comenzar en un aula.
México tiene suficientes políticos ofreciendo salvarlo. Lo que necesita son instituciones capaces de formar ciudadanos que no dependan de salvadores.
Quizá nuestro mayor problema no sea la falta de ideas, sino la incapacidad de convertirlas en proyectos duraderos.
Menos parches, menos pesimismo y más pensamiento crítico y complejo le sentarían muy bien, en estas horas, a nuestra atribulada república de las “puchunguis”.
Autor: Ricardo Heredia Duarte
