Hace algunos ayeres, cuando estudiaba la licenciatura en Medios Masivos de Comunicación en la todavía no Benemérita Universidad Autónoma de Aguascalientes, todo el plan de estudios y las cátedras de la mayoría de los profesores iban orientadas a una sola cosa: capacitarnos para trabajar en los medios de comunicación, a ser empleados… No lo escribo como queja; al contrario, lo escribo como una situación real que se vivía a finales del siglo XX: solo las personas más ricas del país o del estado podían aspirar a ser dueñas de algún medio masivo, así que a nosotros, estudiantes de comunicación, ni siquiera nos pasaba por la cabeza la idea de tener uno propio.
Pero no todo estaba perdido. Entre materia y materia, nos topábamos con algún maestro que nos presentaba los famosos medios de comunicación alternativos: el fanzine, la radio pirata, los boletines fotocopiados e incluso el famoso tape trading. Y es aquí cuando la cosa se ponía interesante: aunque fuera de manera artesanal y un poco arcaica, se podía tener una voz fuera de los medios oficiales.
Hoy el panorama es muy diferente. Ahora, como profesores, tratamos de animar a nuestros alumnos a que cumplan el sueño que para nosotros parecía imposible; les damos todas las herramientas necesarias para que, aparte de trabajar en algún medio tradicional, puedan crear el suyo y ser independientes, alzar la voz y convertirse en los nuevos espacios alternativos: portales de noticias, radio y televisión por internet, revistas electrónicas, podcasts y demás.
Desafortunadamente, luchar contra el sistema tiene su chiste, y crear o mantener cualquier proyecto independiente cada día se complica más; en especial en estos tiempos donde, poco a poco, estamos regresando a la época en que nada se mueve sin la bendición del gobierno en turno: si no les gusta, simplemente no sale.
Y no hablo únicamente de periodismo. La desaparición y carencia de foros libres en todos los ámbitos es preocupante. Tristemente, si tu proyecto —musical, de artes plásticas, audiovisual o de activismo— no encaja en el gusto de los institutos oficiales de cultura, no solo se le niega el apoyo, sino que muchas veces hasta se le bloquea. Así que lanzo la pregunta al aire: ¿realmente nos quedan espacios alternativos en Aguascalientes?
El imperio del copia y pega
No es ningún secreto que la prensa tradicional, la radio y la televisión locales llevan años sobreviviendo gracias al tanque de oxígeno del convenio gubernamental. El problema es el efecto dominó que esto provoca: cuando tu cliente principal es el gobierno estatal o municipal, se asume por decreto que está prohibido incomodar. Basta con hacer el ejercicio cualquier mañana en Aguascalientes: abres cinco portales distintos o sintonizas tres noticieros de radio y te topas exactamente con el mismo encabezado, la misma foto y los mismos aplausos. Ya no hay calle ni reporteo, puro copia y pega de boletines. Vivimos en una versión hidrocálida de The Matrix o del Ministerio de la Verdad de Orwell, donde salirse del guion oficial se paga con el congelador o el exilio.
Silencio en el cuadrante
En la música y la cultura pasa exactamente lo mismo. Mientras las estaciones comerciales repiten hasta el cansancio las mismas cuarenta canciones que dicta el algoritmo de TikTok, las radios públicas y universitarias —que por vocación nacieron para ser el refugio del rock independiente, la experimentación, la divulgación, la cultura freak y las voces que no caben en el mercado— hoy están secuestradas por burocracias grises y miedosas.
Duele ver cómo incluso nuestra querida UAA parece haber olvidado que una universidad pública debería ser, por definición, el máximo espacio alterno de pensamiento libre y contracultura. Cuando quienes toman las decisiones prefieren reciclar fórmulas viejas, apostar por la tibieza para quedar bien con el poder y borrar de un plumazo los espacios que sí tenían identidad propia solo por miedo a “hacer olas”, la institución traiciona su propia esencia. Cambiar contenido con alma por programación insípida que no incomode a nadie termina dejando huérfana a toda una comunidad que ya no se siente representada.
La ciudad de molde
Aguascalientes presume que crece porque cada mes inauguran una plaza comercial nueva o el enésimo bar de franquicia cortado con la misma tijera, pero nuestra vida cultural se está encogiendo. Todo está pensado para verse bonito en Instagram y sonar igual. Cada vez quedan menos foros donde una banda local de rock, metal o indie pueda tocar su propia música; menos rincones para las subculturas, los geeks, los lectores de cómics o los que buscan cine fuera de la cartelera comercial. Parece que si no entras en el molde de la Feria de San Marcos o del café de moda, simplemente no existes en el mapa.
Tenemos mil canales, decenas de plataformas de streaming y un montón de medios locales, pero todo sabe a lo mismo. Para los administradores del silencio, cualquier creador independiente, periodista incómodo o proyecto underground es visto como un glitch, un error de código o un programa rebelde al que hay que borrar del sistema, al más puro estilo de The Grid en Tron: un tablero perfecto donde todos deben ejecutar la misma rutina y aplaudir al mismo ritmo.
El Manifiesto
Todo este choro es simplemente para explicar el porqué esta columna lleva por nombre Espacio Alterno: porque hace falta un punto de reunión para los que no cabemos —ni queremos caber— en la narrativa oficial. Este será un rincón semanal para platicar de cultura pop, tecnología, música, videojuegos y vida cotidiana, pero también para señalar, desde nuestra trinchera freak, cuando las instituciones y el poder local anden haciendo de las suyas.
Bienvenidos a la resistencia fuera del algoritmo oficial.
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