El presidente Donald Trump no asistirá al Super Bowl LX debido a su desacuerdo con la elección de Bad Bunny como protagonista del show de medio tiempo, junto con críticas a otros artistas involucrados como Green Day.
El mandatario alega distancia geográfica, pero sus declaraciones revelan rechazo a artistas críticos de sus políticas migratorias y de su administración.
26 de enero de 2026 – A solo días del Super Bowl LX, programado para el 8 de febrero en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, el presidente Donald Trump confirmó que no asistirá al partido ni al espectáculo de medio tiempo encabezado por el puertorriqueño Bad Bunny.
Aunque Trump justificó su ausencia citando que “es demasiado lejos” viajar a la costa oeste, sus declaraciones en entrevistas recientes —como la concedida al New York Post— dejan claro un rechazo explícito hacia los artistas seleccionados. El mandatario calificó la participación de Bad Bunny y de Green Day (quien abrirá el evento) como una “terrible elección” y afirmó estar “anti-ellos”, en referencia a sus posturas públicas críticas hacia sus políticas, especialmente en temas de inmigración.
Bad Bunny, el primer artista latino en encabezar en solitario el halftime show del Super Bowl, ha sido vocal en contra de las redadas masivas impulsadas por la administración Trump. Sus letras y declaraciones han tocado temas de identidad latina, discriminación y resistencia cultural, lo que ha generado incomodidad en sectores conservadores cercanos al presidente.
La NFL, por su parte, no remunera directamente a los artistas del medio tiempo —incluido Bad Bunny—, ya que el espectáculo es financiado por patrocinadores como Apple Music. El presupuesto, estimado entre 10 y 13 millones de dólares, cubre producción, escenografía y logística para llegar a más de 100 millones de espectadores globales. Los beneficios para los intérpretes radican en la masiva exposición mediática: incrementos drásticos en streaming (como los registrados con Shakira y JLo en 2020, con alzas de hasta 335% en plataformas), promoción de nuevos lanzamientos y giras. En el caso de Bad Bunny, quien actualmente recorre el mundo con su gira “Debí Tirar Más Fotos”, el show representa una plataforma sin precedentes para consolidar su dominio global.
El contexto social añade capas de tensión al evento. En las últimas semanas, Estados Unidos vive protestas masivas tras incidentes violentos durante operativos de ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas). El más reciente involucra la muerte de Alex Pretti, un enfermero estadounidense de 37 años abatido por agentes federales en Minneapolis el sábado pasado. Videos analizados por BBC Verify y otros medios muestran a Pretti sosteniendo un teléfono —no un arma— durante un forcejeo, contradiciendo la versión oficial del Departamento de Seguridad Nacional, que lo calificó como “terrorista doméstico” y afirmó que portaba una pistola. El gobernador de Minnesota, Tim Walz, y el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, han exigido el fin de las operaciones federales en el estado y cuestionado la narrativa del gobierno federal.
Este clima de confrontación entre autoridades federales, manifestantes y líderes locales demócratas ha polarizado aún más la percepción del Super Bowl. Algunos sectores ven en la elección de Bad Bunny un gesto de inclusión cultural y diversidad latina en un país con crecientes tensiones migratorias; otros lo interpretan como una provocación política.
Con el show a la vuelta de la esquina, se especula sobre posibles mensajes o invitados sorpresa en la presentación de Bad Bunny. Mientras tanto, la ausencia confirmada de Trump subraya cómo un evento deportivo y musical se ha convertido en un nuevo campo de batalla cultural y política en la Estados Unidos de 2026. El país estará atento no solo al marcador del partido, sino también a lo que ocurra en el escenario durante esos 13 minutos que podrían definir narrativas más allá del fútbol americano.
