Por Nico Underwood
El Algoritmo MX
En México, el drama político no termina en tragedia: se recicla.
El asesinato del alcalde de Uruapan, Michoacán, Carlos Manzo, no solo expuso la brutalidad que devora a los gobiernos locales, sino también el reflejo de un país que confunde empatía con improvisación. Porque mientras la ciudadanía seguía en shock, el Congreso local con la venia del gobernador- decidió que su esposa, Grecia, debía ser su sucesora. No por elección, no por ley, por impulse y por narrativa. Por la vieja costumbre mexicana de convertir el dolor en poder.
Romantizar la desgracia: la nueva política sentimental
El discurso oficial lo vendió como homenaje. “La esposa continuará su legado”, se dijo, como si el municipio fuera una saga familiar y no una institución pública.
El problema no es Grecia, que acaba de perder a su esposo de forma brutal, sino un sistema que transforma la tragedia en trámite y la compasión en decreto.
La política mexicana es experta en romantizar la desgracia. Aquí los funerales se confunden con las tomas de protesta y el luto se vuelve campaña.
Y en esa coreografía, el Estado de derecho desaparece discretamente detrás de las coronas de flores.
Entre la viudez y el vacío legal
El nombramiento de Grecia no solo es emocionalmente cuestionable; es jurídicamente endeble. Carlos Manzo llegó al poder por la vía independiente, dentro del marco electoral. Su ausencia activa un procedimiento normado, no un derecho sucesorio. No existe un artículo que diga: “en caso de tragedia, el amor prevalecerá sobre la ley.”
El gobernador Alfredo Ramírez Bedolla declaró que la designación “correspondía al grupo de Manzo”.
¿Desde cuándo los grupos políticos privados sustituyen al voto popular?
El municipio de Uruapan no es una herencia ni un patrimonio con albacea emocional.
Es una entidad pública regida por normas, no por sentimientos.
Si el poder se administra por compasión, el Estado se convierte en un altar, no en una república.
El derecho al duelo, no al cargo
Seguramente Grecia no pidió el puesto; se lo impusieron entre el dolor y la presión mediática.
Es víctima de la violencia, del sistema y de la sociedad que convierte el sufrimiento en símbolo político.
Nombrarla alcaldesa no la empodera, la expone.
Gobernar Uruapan, un municipio con crisis de seguridad y fractura institucional, exige estrategia, temple y estabilidad emocional. Ninguna persona en duelo profundo debería verse forzada a tomar decisiones de Estado mientras apenas puede sostenerse emocionalmente. La salud mental también es parte del Estado de derecho. Pero en México, el trauma se interpreta como liderazgo y el llanto como investidura. Y eso no es empatía, es crueldad institucional maquillada de homenaje.
La bipolaridad Mexicana, familia y poder
Este país, que presume combatir el nepotismo, aplaude cuando el poder se queda “en familia”.
Nos indignan los linajes políticos, pero lloramos con gusto cuando el apellido se hereda entre lágrimas. Criticamos la política patrimonialista, pero celebramos la sucesión conyugal si viene acompañada de música triste. Esa bipolaridad mexicana entre el sentimentalismo y la legalidad es la razón por la que seguimos atrapados en una cultura política más de telenovela que de república.
Y mientras el Estado convierte el dolor en legitimidad, la ley se vuelve un decorado opcional.
Uruapan no necesita luto, necesita gobierno
El municipio no puede administrarse con condolencias.
Uruapan enfrenta crisis de seguridad, rezago urbano y una violencia que exige política pública, no sentimentalismo.
Lo que requiere no es un acto simbólico, sino una estrategia institucional, liderada por alguien que tenga claridad, experiencia y estabilidad emocional para ejercer autoridad.
La improvisación es un lujo que Uruapan no puede pagar.
Nombrar a Grecia alcaldesa no honra la memoria de Carlos Manzo, la utiliza.
Convierte el amor en mecanismo político y el duelo en legitimación pública.
Es el retrato perfecto del México emocional, el que prefiere las lágrimas a la ley.
El poder absoluto no se destruye; se desgasta entre aplausos.
Y en Uruapan, esa aclamación disfrazada de empatía podría convertirse en el nuevo rostro de nuestra vieja costumbre, gobernar desde la tragedia, hasta que el dolor también se vuelva parte del protocolo.
Nico Underwood escribe desde el filo entre la empatía y la ironía. En su mundo, el Estado mexicano llora bonito, pero legisla mal.
