Miami, 6 de abril de 2026 – Un informe reciente de la Digital News Association (DNA) revela una operación de escala sin precedentes: Rusia ha capacitado a más de 1.000 creadores de contenido, periodistas e influencers en ocho países de Latinoamérica para promover campañas sistemáticas de desinformación. Los países afectados son Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Cuba, México, Nicaragua y Venezuela.
La investigación, presentada el 31 de marzo de 2026 en el Museo de la Diáspora Cubana de Miami por el periodista Jeffrey Scott Shapiro —coordinador de la Alerta de Propaganda Rusa de la DNA—, no se centra en bots o cuentas falsas automatizadas. Se trata de voces locales reales, con credibilidad ante sus audiencias, formadas principalmente a través del medio estatal ruso RT en Español.
Según Shapiro, estos 1.000 comunicadores se suman a cerca de 200 creadores hispanohablantes que operan directamente desde Moscú. Juntos forman una red que amplifica narrativas alineadas con los intereses del Kremlin. Las cuentas asociadas a RT en Español y Sputnik Mundo acumulan más de 18 millones de seguidores en Facebook y más de 6 millones en YouTube. A esto se agregan al menos 16 sitios web falsos diseñados para imitar medios legítimos.
La metodología del informe se basó en una plataforma de inteligencia artificial que detectó patrones repetitivos en contenidos en español con “componentes del aparato mediático patrocinado por Rusia”. Shapiro, con experiencia previa en la Agencia de Estados Unidos para los Medios Globales, destacó la magnitud del esfuerzo ruso: “Los esfuerzos que ha hecho Rusia en términos de su aparato mediático patrocinado por el Estado son extraordinarios y están gastando mucho más que nosotros”.
Gelet Martínez, fundadora de ADN Cuba y ADN América, explicó en la presentación las estrategias clave. Rusia emplea el “lavado de narrativas”, reinterpretando conflictos como la guerra en Ucrania para audiencias locales, y aviva sentimientos antiimperialistas y anticoloniales arraigados en la región. Las tácticas identificadas incluyen:
• Manipulación emocional de la información
• Selección sesgada de hechos
• Difusión de teorías conspirativas
• Falsas equivalencias
• Amplificación de posturas extremas
El objetivo final, según Martínez, es claro: “Polarizar, generar desconfianza en nuestras instituciones y fragmentar nuestras sociedades”. La red adapta sus mensajes a cada contexto: aprovecha ideologías de izquierda en Latinoamérica, pero también penetra en sectores conservadores en otros mercados.
El informe surge en un contexto de crecientes tensiones geopolíticas. Coincidió con la llegada de un petrolero ruso con 740.000 barriles de crudo a Cuba, pese a las sanciones estadounidenses, y se vincula a la presión de Washington sobre aliados del Kremlin en la región. Ejemplos concretos citados incluyen operaciones en Bolivia para respaldar al gobierno de Luis Arce antes de las elecciones de 2025, y presuntas campañas en Argentina contra el presidente Javier Milei, con pagos millonarios a portales digitales.
Aunque el documento no publica nombres específicos de influencers ni cuentas en cada país, marca un cambio cualitativo en la desinformación: ya no depende solo de cuentas anónimas, sino de rostros conocidos y confiables que multiplican el impacto en comunidades locales.
Esta operación forma parte de una estrategia híbrida más amplia de influencia rusa en el hemisferio, documentada en años anteriores por think tanks y gobiernos occidentales. Sin embargo, el alcance actual —con influencers reales entrenados y una infraestructura digital masiva— representa un salto preocupante para la integridad informativa en la región.
La DNA advierte que, en la era de las redes sociales, detectar y contrarrestar esta desinformación se vuelve cada vez más complejo. Expertos recomiendan mayor transparencia en las plataformas, verificación independiente y educación digital para que las audiencias latinoamericanas puedan distinguir entre información y narrativa orquestada desde el exterior.
