En México, el poder siempre huele a zoológico: hay jaulas nuevas, animales viejos y un público que aplaude mientras le roban las palomitas. Cada sexenio inaugura su propia exhibición ideológica con la misma promesa: ahora sí, todo bajo control. Y claro, el problema del control es que funciona… hasta que deja respirar.
Morena levantó la jaula más sólida en décadas: un movimiento con legitimidad de masas, narrativa mesiánica y burocracia de cruzada. Pero la fuerza que mantiene el orden también puede asfixiarlo. En política, el poder sin ventilación termina oliendo a encierro.
La hegemonía también se ahoga
El gobierno presume fuerza, pero ya respira con dificultad: economía lenta, empresarios irritados y una burocracia que bosteza en cadena nacional.
La justicia fiscal se volvió cruzada moral: no se cobran impuestos, se exorcizan demonios. “Los ricos deben pagar”, sí; pero convertir la recaudación en catequesis tiene un costo. En vez de confianza, genera paranoia.
El resultado: un Estado que recauda miedo más rápido que ingresos. Y un empresariado que ya no escucha política pública, sino advertencias.
Control, el nuevo impuesto invisible
Apretar demasiado la recaudación es como intentar exprimir aire: lo único que logras es vacío. Cuando la formalidad se vuelve castigo, la informalidad se vuelve refugio. Y mientras el gobierno presume justicia, la economía se encoge como si tuviera claustrofobia.
El poder, adicto al control, confunde autoridad con vigilancia. Pero la vigilancia no genera desarrollo, genera fuga. El dinero —y la paciencia— también tienen visas de salida.
Salinas Pliego y el arte del trolleo estratégico
Y ahí aparece Ricardo Salinas Pliego, nuestro Trump con WiFi.
Su cumpleaños convertido en reality show no fue capricho millonario, fue provocación calculada. Ridiculizó al gobierno en su propio idioma: el de la polarización.
Donde el Estado predica moral, él ofrece sarcasmo. Donde el gobierno habla de justicia, él vende espectáculo.
Su desafío no fue fiscal, fue simbólico: demostró que el miedo ya no infunde respeto, sino risa. Y en política, cuando te ríen más de lo que te temen, el poder empieza a perder oxígeno.
Morena podría convertirse en lo que juró destruir: el establishment aburrido contra el que un nuevo populismo —ahora con camisa de lino y cuenta verificada— se rebele con éxito.
El aire se acaba, aunque nadie lo admita
El poder no se derrumba: se asfixia.
Primero pierde la autocrítica, luego el sentido del humor, y al final, la noción del peligro.
Mientras el gobierno centraliza todo, la economía, la moral, la narrativa, el aire político se vicia.
Y cuando el control se convierte en hábito, la autoridad se vuelve autodestructiva.
En México, el exceso de poder no se corrige con oposición, sino con hartazgo.
Abrir la jaula o morir de éxito:
El movimiento que prometió liberar al pueblo podría terminar encerrado en su propia retórica.
La ironía histórica sería que la 4T, nacida para devolver el poder a la gente, termine entregándoselo a los empresarios cansados del sermón.
Porque en política, la jaula no mata de golpe. Solo te deja sin aire mientras crees que sigues mandando.
Lord Acton lo dijo con más elegancia: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.”
Lo que no aclaró es que lo hace en silencio, como el oxígeno que se acaba sin que nadie se atreva a abrir la ventana.
Nico Underwood escribe desde la generación que aprendió a reír para no asfixiarse. En su mundo, la política no se predica: se decodifica con sarcasmo y buena ortografía.
