Milei se convirtió en la figura dominante en las elecciones legislativas al capitalizar el hartazgo ciudadano, combinar liberalismo radical con auxilio de EE.UU. bajo Donald Trump y presentarse como outsider antipolítico en medio de crisis profunda.

En una jornada electoral, Javier Milei obtuvo una contundente victoria en las elecciones legislativas de Argentina, en las cuales su coalición obtuvo cerca del 41 % de los votos muy por encima de los pronósticos, y amplió su influencia en ambas cámaras del Congreso.
El triunfo de Milei se explica por varios factores convergentes. Primero, llegó al poder con un discurso de ruptura radical: desempleo, inflación galopante superior al 200 % al inicio de su mandato, corrupción enquistada y un sistema político visto como agotado. Su mensaje de “recortar al Estado”, liberalizar la economía, dolarizar la moneda y poner “fin a los privilegios” caló profundo entre electores que clamaban por un cambio drástico.
Segundo, la campaña de medio término fue interpretada por muchos argentinos como un referéndum sobre su gestión: a pesar de escándalos familiares, acusaciones de corrupción y una caída reciente en su popularidad, Milei logró presentar su agenda como la única oferta viable frente al PJ / Peronismo que lucía desgastado e indefinido.
Tercero, y quizás más polémico, la influencia del presidente estadounidense Donald Trump desempeñó un papel significativo. Trump condicionó un paquete de apoyo de hasta 20 000 millones de dólares a Argentina al triunfo de Milei, lo que generó una mezcla de ayuda financiera, presión internacional y «respaldo estratégico» que reforzó su imagen como líder respaldado desde fuera y con capacidad de cambiar el rumbo económico.
Además, los mercados financieros recibieron el resultado con optimismo: las acciones argentinas se dispararon, los bonos subieron y el peso mostró señales de apreciación, lo que alimentó el argumento de que Milei no solo era un outsider, sino un gestor capaz de negociación internacional y de restaurar confianza.
