Por Nico Underwood
Cerrar el año educativo de 2025 con serenidad intelectual parecía una expectativa razonable. Sin embargo, Marx Arriaga, encargado de los materiales educativos de la SEP, decidió recordarnos vía X, antes Twitter, que la pedagogía oficial puede convertirse, sin mayor pudor, en un ejercicio de incontinencia ideológica.
El texcocano con posgrado en la Complutense de Madrid, esa universidad europea que, paradójicamente, pertenece a la tradición académica que él mismo denuesta como “colonial”, volvió a mostrarnos que el problema no es la crítica al pasado, sino la incapacidad de dialogar con el presente. No fue alcohol lo que lo llevó a ese arrebato digital, sino algo más peligroso: el ego desmedido revestido de misión histórica.
Cuando un funcionario comienza a insinuar que la escuela es él, que antes de su llegada reinaba una especie de analfabetismo estructural, entramos en terreno pantanoso. No porque la educación mexicana no tenga problemas, los tiene y graves, sino porque la solución nunca ha sido el mesianismo pedagógico.
En pleno siglo XXI, cuando el debate educativo serio gira en torno a aprendizajes personalizados, neuroeducación, diversidad cognitiva, enfoques STEM, pensamiento crítico y competencias para entornos digitales, resulta francamente preocupante que desde la SEP se impulse una narrativa más cercana al dogma político que a la evidencia científica. Más allá de Gardner, Montessori o Freire, frecuentemente citados y superficialmente comprendidos, el consenso internacional apunta a sistemas flexibles, evaluables y abiertos al conocimiento global.
Alguien debería advertirle a este “camarada” que el sistema educativo existía antes de él y seguirá existiendo después. La educación no se divide en un antes y un después de Marx Arriaga, por más que su ego parezca exigir un calendario pedagógico con siglas propias; A.M. (Antes de Marx) y D.M. (Después de Marx). La historia educativa mexicana no funciona así, ni debería.
Aquí emerge una pregunta incómoda ¿por qué el magisterio organizado guarda un silencio tan disciplinado frente a materiales educativos que generan inquietud real en aulas, familias y especialistas? La educación pública es una razón de Estado, no un botín ideológico. No pertenece solo a funcionarios o sindicatos; pertenece a la sociedad en su conjunto.
Resulta especialmente grave que quien llama “cloaca” a la institución fundada por José Vasconcelos, el arquitecto del sistema educativo nacional, sea hoy responsable de orientar contenidos para millones de niñas y niños. Vasconcelos podrá ser discutido, criticado o reinterpretado, pero no reducido a caricatura desde el resentimiento ideológico.
El problema deja de ser anecdótico cuando se normalizan gestos que rozan lo excéntrico, como relatar viajes en solitario con un retrato de Karl Marx como copiloto simbólico. No es folclor, es una señal de cómo la política educativa se ha deslizado hacia la militancia emocional, desplazando el rigor técnico.
Más inquietante aún es la ausencia operativa del titular de la SEP, mientras el área de materiales educativos avanza sin contrapesos visibles. En un contexto global marcado por inteligencia artificial, automatización, transición energética y revolución científica, México parece coquetear con modelos educativos transnochados, algunos inspirados en sistemas como el venezolano, hoy colapsado académica e institucionalmente.
No se trata de ideología contra ideología, sino de ciencia contra dogma. De evidencia contra consigna.
Por ello, resulta urgente que la primera mujer presidenta, quien además es científica, ponga orden en una de las áreas más estratégicas del país. La educación no admite experimentos doctrinarios ni nostalgias revolucionarias mal digeridas. Necesita políticas públicas sólidas, evaluables y orientadas al mundo real del siglo XXI.
México no puede seguir educando con consignas mientras el mundo avanza con conocimiento.
