Por Nico Underwood
Virtudes públicas frente al cinismo privado
La corrupción pública en México no es solo un problema de desvío de recursos o de impunidad administrativa; es, sobre todo, una crisis moral. Una erosión prolongada de las virtudes que deberían sostener la vida pública. En ese sentido, resulta pertinente volver a una reflexión clásica, pero incómodamente vigente, sobre las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, tal como las sistematizó Aristóteles y como hoy se recuperan desde la ética contemporánea.
Castigar la corrupción es indispensable. Sin sanción no hay Estado de derecho ni confianza social. Pero el castigo, por sí solo, es insuficiente si no se acompaña de un escrutinio más profundo sobre quiénes ejercen el poder y cómo lo ejercen, incluso y especialmente,en su dimensión personal. La insistencia en separar artificialmente “vida privada” y “vida pública” ha servido, en demasiadas ocasiones, como coartada para tolerar conductas que revelan patrones claros de abuso, frivolidad o desprecio por el otro.
No se trata de moralismo barato ni de voyeurismo político. Se trata de comprender que quien carece de templanza en lo personal difícilmente la ejercerá en lo público; que quien miente con naturalidad en lo cotidiano no se transformará en un paladín de la verdad al asumir un cargo; que quien vive del cinismo difícilmente gobernará con justicia. Las virtudes no se improvisan al jurar un puesto, se practican o se ausentan.
En México hemos normalizado una escena preocupante, voceros partidistas sin formación, sin lectura, sin densidad intelectual, pero con una habilidad notable para la estridencia. Personajes que confunden volumen con argumento, grandilocuencia con liderazgo y descalificación con debate. Mientras ellos ocupan micrófonos y pantallas, los grandes temas del país, seguridad, desigualdad, educación, productividad, corrupción estructural, quedan relegados al ruido de declaraciones huecas.
Esta degradación del discurso público no es accidental, es funcional. Un ciudadano confundido, cansado o entretenido por la polémica superficial es menos exigente. La corrupción prospera mejor en contextos donde la discusión se trivializa y la ética se caricaturiza como ingenuidad. Por eso resulta tan relevante insistir en la prudencia, la capacidad de discernir, como virtud política central. Sin prudencia ciudadana, el castigo a la corrupción se vuelve selectivo, instrumental o meramente simbólico.
La justicia, otra virtud cardinal, no puede reducirse a venganzas mediáticas ni a expedientes incompletos. Requiere instituciones sólidas, pero también gobernantes con un mínimo de coherencia moral. La fortaleza exige resistir presiones, intereses y pactos de impunidad. Y la templanza, quizá la más olvidada, demanda límites, al poder, al ego, a la ambición desmedida.
Seguir promoviendo cuadros políticos incultos y cínicos es una forma silenciosa de corrupción cultural. No roba presupuestos, pero roba futuro. Frente a ello, castigar la corrupción es urgente; elevar el estándar ético y cognitivo de la clase política es estratégico. Sin virtudes públicas, la ley se vacía; sin ciudadanos exigentes, la democracia se degrada.
La ética no es un adorno del poder, es su condición de legitimidad.
