Entre el progresismo posible y el vacío que nadie ocupa
Por Nico Underwood
El proceso de formación de nuevos partidos rumbo a 2027 ha vuelto a colocar sobre la mesa una vieja pregunta del sistema político Mexicano ¿realmenteestamos ante una recomposición del pluralismo o solo frente a una nueva ronda de intentos fallidos? Los datos más recientes del INE sugieren que, pese al elevado número de organizaciones registradas, solo tres proyectos tienen hoy unaposibilidad real, aunque Desigual, de convertirseen partidos políticos nacionales: México Tiene Vida, Construyendo Sociedades de Paz y Somos México. El resto, navega entre la testimonialidad y la simulación.
Este dato importa, pero no es el más relevante. Lo verdaderamente significativo es que ninguno de los proyectos en formación parece ocupar un espacio político que hoy está claramente subrepresentado. Y ese espacio existe.
Durante el último lustro, los resultados electorales y los cambios demográficos muestran con claridad que México no se ha convertido en un país culturalmente polarizado, como ocurre en otras democracias occidentales. Al contrario, México sigue siendo mayoritariamente conservador en lo social, pero profundamente estatista y redistributivo en lo económico. Esa combinación, incómoda para las ortodoxias ideológicas, es la que explica buena parte del comportamiento electoral reciente.
Amplios sectores populares respaldan políticas sociales expansivas, pero rechazan discursos que perciben como hostiles a la familia, a la religión o a los valores comunitarios. Las clases medias bajas y emergentes no se identifican con la derecha económica tradicional, pero tampoco con un progresismo cultural confrontacional. Y los jóvenes, pese a lo que suele asumirse, no votan mayoritariamente por agendas identitarias, sino por expectativas muy concretas, como el empleo, vivienda, movilidad social y certidumbre.
Ahí está el nicho, progresismo material sin radicalismo cultural.
La experiencia de Fuerza por México es ilustrativa. No fracasó por su ubicación ideológica, sino por errores estructurales; fue percibido como partido instrumental, careció de una narrativa moral coherente ( ni tradición ni ruptura ) y nunca logró construir un arraigo territorial auténtico. Más afiliaciones que comunidad política. El electorado mexicano castiga la simulación, pero suele premiar la congruencia, incluso cuando no hay coincidencia plena.
En este punto aparece una confusión recurrente en buena parte de la izquierda mexicana, defender el Estado laico no implica antagonizar con la religiosidad social. Un proyecto políticamente viable debería ser capaz de sostener, sin ambigüedades, tres ideas a la vez, un Estado laico con políticas públicas sin imposición religiosa; respeto cultural y social a la fe como hecho colectivo legítimo; y una concepción de la familia como institución diversa, no como dogma intocable ni como objetivo a “dinamitar”. La mayoría del electorado católico no exige teocracia, pero sí rechaza el desprecio simbólico. El problema no es la agenda progresista; es el tono de guerra cultural importada.
El votante desencantado de hoy tiene rasgos claros. Muchos votaron por Morena y sus aliados por esperanza material, no por ideología dura. Se sienten huérfanos de representación, pero no antipolíticos. Buscan orden, servicios y oportunidades, no épica revolucionaria (transformadora dicen los fieles al padre fundador) permanente. Para atraerlos se requiere progresismo útil, que tenga como agenda la salud, la educación, el transporte, la seguridad social, la vivienda; una narrativa de dignidad del trabajo, no de subsidio eterno; y un lenguaje de comunidad, no de trinchera.
Con los nuevos electores ocurre algo similar. No son radicales por naturaleza, son escépticos, prácticos y conscientes de que su futuro es incierto. Funcionan mejor la participación real, las agendas claras de primer empleo, vivienda accesible y educación técnica y digital, así como causas ambientales y de derechos sin moralismo punitivo.
Visto así, el problema no es que vayan a surgir uno, dos o incluso tres nuevos partidos en 2026. El problema es que ninguno parece diseñado para ocupar el espacio de una centro-izquierda social, económicamente progresista y culturalmente respetuosa. Ese espacio sigue ahí, esperando. El partido que logre conciliar justicia social, respeto cultural y eficacia estatal podrá capturar a los desencantados y a los nuevos electores. El que confunda progresismo con confrontación moral, como ya ocurrió, volverá a desaparecer.
