La fiesta sigue, con o sin invitados
Mis amigos, lectores fieles y uno que otro curioso de las redes: la política local volvió a hablar esta semana. No levantó la voz, no pateó la mesa, pero dejó suficientes señales para quien todavía se toma el tiempo de observar.
El informe de actividades del senador Toño Martín del Campo, casi candidato, casi abanderado azul, fue un ejercicio poco común por una razón muy simple, empezó a la hora señalada. La cita era a las 5:30 y a las 5:30 arrancó. Puntualidad elemental, pero hoy tan escasa que parece virtud extraordinaria. Y es que algunos aún no entienden que el cargo no estira el tiempo ni justifica la falta de forma.
El mensaje fue claro desde el inicio, orden, seriedad y respeto. Porque en política, aunque muchos lo olviden, la forma también comunica. Y comunica mucho.
El informe fluyó sin sobresaltos. Se habló de familia, de equipo y del trabajo cotidiano. De iniciativas a favor de policías y mujeres. De proyectos con alcance internacional, incluyendo colaboraciones con la NASA, y de visitas al extranjero que, bien leídas, dicen más de posicionamiento que de turismo. Preciso, conciso y entendible. El público lo agradeció.
Pero lo verdaderamente interesante no estuvo solo en el discurso, sino en el ambiente. Las caras largas no se escondieron. Hubo silencios incómodos y miradas que evitaban encontrarse. Porque cuando alguien avanza sin tropezar, siempre hay quien empieza a revisar su propio paso.
Llamó la atención la incomodidad visible de Paty Castillo, acostumbrada a otros métodos de convocatoria. Esta vez, al voltear, no encontró lo de siempre. Y cuando no se entiende cómo se llena un espacio, surgen preguntas que nadie se atreve a formular en voz alta.
Las ausencias también pesaron. El primo incómodo, cuyo silencio parece menos casual y más relacionado con el liderazgo que se empieza a mostrar. Porque una cosa es acompañar procesos y otra aceptar que alguien más marque el ritmo.
Tampoco pasó desapercibida la ausencia del alcalde capitalino, que a esa hora, según versiones, andaba atendiendo asuntos más terrenales. Cada quien elige dónde estar cuando el tablero se mueve.
Y en el fondo, como viejo conocido que nunca falta a la conversación, apareció la nomina Banorte, ese compañero fiel de muchos veranos políticos, que también observa con atención hacia dónde sopla el viento.
El mensaje final fue tan claro como incómodo para algunos, lo que viene ya no se resolverá con sonrisas, poses ni aplausos prestados. Tampoco con aprobación fácil en redes sociales. Aquí se va a pedir trabajo real, resultados visibles y constancia. La época de la pose empieza a mostrar señales de desgaste.
Desde esta antesala, cerca, pero sin invitación permanente, queda una certeza: la política siempre pasa factura a la soberbia. La fiesta sigue, sí. Pero no todos los invitados conservarán el lugar ni el protagonismo.
Aquí no se trata de subir el tono, sino de subir el filo.
Porque cuando los hechos hablan, los nombres sobran.
Por Vladimiro.
