Ciudad de México, 9 de septiembre de 2026.- Los resultados de PISA 2025 encendieron nuevamente las alarmas sobre la educación en México. Pero detrás de las calificaciones en matemáticas, lectura y ciencias existe un problema más profundo que un simple lugar dentro de una clasificación internacional: está cambiando la manera en que los adolescentes leen, concentran su atención, estudian y se relacionan con el conocimiento.
La fotografía que ofrece la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) apunta hacia una crisis educativa que no puede explicarse únicamente por la pandemia, los planes de estudio o el desempeño de los maestros.
También intervienen el teléfono celular, la reducción de la lectura profunda, la distracción digital, el debilitamiento del acompañamiento familiar y una transformación en los hábitos mediante los cuales los adolescentes consumen información.
PISA 2025 evaluó a más de 760 mil estudiantes de 15 años en 91 países y economías. En México participaron 7 mil 843 jóvenes pertenecientes a 297 escuelas, una muestra que representa aproximadamente a 1.58 millones de adolescentes escolarizados de esa edad. (OECD)
Los datos mexicanos confirman el tamaño del desafío.
En matemáticas, apenas 30 por ciento de los estudiantes mexicanos alcanzó al menos el nivel básico de competencia, frente a 65 por ciento en promedio entre los países de la OCDE.
En lectura, únicamente 50 por ciento llegó al nivel mínimo esperado, mientras que el promedio de la organización fue de 69 por ciento.
En ciencias ocurrió algo semejante: 50 por ciento de los mexicanos alcanzó el nivel 2 o superior, contra 74 por ciento de la OCDE.
Más preocupante todavía es la prácticamente inexistente proporción de estudiantes mexicanos en los niveles superiores de desempeño en matemáticas, lectura y ciencias. (OECD)
Leer no es solamente reconocer palabras
Uno de los hallazgos más relevantes de PISA 2025 está relacionado con una capacidad aparentemente elemental: detenerse a leer.
La OCDE detectó un deterioro internacional en las tareas que requieren lectura cuidadosa y atención sostenida. Con el paso de los años aumentaron los estudiantes que responden rápidamente, pero de manera superficial e incorrecta, mientras disminuyó la disposición a dedicar el tiempo necesario para resolver correctamente los ejercicios.
No se trata únicamente de cuántos libros leen los adolescentes. El problema alcanza la capacidad para permanecer frente a un texto, comprenderlo, relacionar argumentos, distinguir hechos de opiniones y evaluar críticamente la información.
La propia OCDE advierte que la caída internacional en lectura difícilmente puede atribuirse exclusivamente a un problema metodológico de la evaluación. Los resultados apuntan hacia una pérdida de capacidad para involucrarse en tareas que requieren atención sostenida. (OECD)
Y esa habilidad adquiere una importancia mayor precisamente ahora.
Nunca una generación había tenido acceso a tanta información. Sin embargo, disponer de millones de textos, videos, publicaciones y respuestas instantáneas no significa necesariamente comprenderlos.
El director de Educación y Competencias de la OCDE, Andreas Schleicher, plantea precisamente esa paradoja: las competencias que están deteriorándose —evaluar información, conectar diferentes fuentes y analizar críticamente aquello que se lee— son algunas de las que resultan más necesarias en la era de la inteligencia artificial. (OECD)
Del libro al scroll infinito
El celular no explica por sí mismo el deterioro educativo. Convertirlo en único responsable sería una simplificación.
Los datos, sin embargo, muestran que el uso digital sin orientación pedagógica puede convertirse en un poderoso competidor de la atención.
Los estudiantes de los países de la OCDE pasan, en promedio, alrededor de seis horas diarias entre dispositivos digitales durante los días laborables, considerando actividades educativas y recreativas. El tiempo destinado al entretenimiento digital ronda las 3.4 horas diarias.
Dentro de las escuelas, los estudiantes reportaron aproximadamente 1.7 horas diarias de utilización de dispositivos con propósitos educativos y otras 1.1 horas para actividades recreativas.
PISA encuentra además una diferencia fundamental: no toda tecnología produce el mismo efecto.
Un uso moderado con objetivos de aprendizaje puede relacionarse con mejores resultados. Cuando los dispositivos se utilizan durante periodos prolongados para entretenimiento dentro de la escuela, la relación cambia: después de determinada intensidad de uso aparecen menores niveles de desempeño.
Es decir, el problema no es simplemente tener una pantalla enfrente. Importan para qué se utiliza, durante cuánto tiempo y bajo qué supervisión. (OECD)
En México, 37% reporta distracciones digitales en clase
La situación mexicana aporta otro dato relevante.
El 37 por ciento de los estudiantes mexicanos señaló que sus compañeros se distraen frecuentemente con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases de ciencias.
El promedio de la OCDE es de 28 por ciento.
Los estudiantes mexicanos utilizan dispositivos digitales aproximadamente 1.5 horas diarias dentro de la escuela para actividades de aprendizaje, pero también reportan alrededor de 1.2 horas para entretenimiento.
PISA introduce, sin embargo, una precisión indispensable: México pertenece al grupo minoritario de países donde la asociación estadística entre distracción digital y resultados académicos no resulta significativa. Por ello, sería incorrecto afirmar que los teléfonos celulares son, por sí solos, la causa directa de las bajas calificaciones mexicanas.
Lo que sí aparece es un efecto sobre la distracción.
En las escuelas mexicanas donde está prohibido utilizar celulares, los alumnos tienen alrededor de 25 por ciento menos probabilidades de reportar distracción digital. Sólo 27 por ciento de los estudiantes mexicanos estudia en planteles donde existe esta prohibición, frente a 49 por ciento en promedio dentro de la OCDE. (OECD)
El debate, por tanto, comienza a desplazarse de una pregunta simplista —prohibir o permitir celulares— hacia otra mucho más complicada: cómo recuperar la capacidad de concentración de los estudiantes.
La inteligencia artificial entra al salón
A la ecuación se incorporó además un actor que prácticamente no existía en anteriores generaciones escolares: la inteligencia artificial generativa.
En México, 47 por ciento de los estudiantes utiliza chatbots de inteligencia artificial al menos una vez por semana para ayudarse a aprender, prácticamente igual al promedio de la OCDE.
Pero los jóvenes mexicanos recurren también a estas herramientas para otras tareas: 40 por ciento las utiliza para realizar investigaciones preliminares; 34 por ciento para resumir textos que debería leer y 35 por ciento para redactar trabajos escolares.
Sólo 8 por ciento dijo no utilizar nunca o casi nunca chatbots para las actividades escolares examinadas por PISA. (OECD)
La discusión nuevamente exige matices.
La OCDE no plantea que la inteligencia artificial deba desaparecer de las escuelas. Sus resultados sugieren que el uso moderado y orientado puede ayudar al aprendizaje. El problema aparece cuando la herramienta sustituye el proceso cognitivo que precisamente debería desarrollar el estudiante.
Pedir una explicación a una inteligencia artificial puede convertirse en aprendizaje.
Pedirle que piense, resuma, interprete y escriba sistemáticamente en lugar del alumno puede producir el efecto contrario.
En otras palabras: la tecnología puede entregar una respuesta correcta sin garantizar que quien la recibe haya aprendido algo.
México tiene una paradoja: sus alumnos dicen que sí quieren esforzarse
Aquí aparece una diferencia importante entre México y algunas de las tendencias internacionales.
Sería impreciso concluir que el bajo desempeño mexicano se debe simplemente a estudiantes que no quieren esforzarse.
Los propios datos de PISA indican lo contrario.
El 76 por ciento de los adolescentes mexicanos afirma que realiza un esfuerzo adicional cuando una tarea se vuelve difícil, muy por encima del promedio de 60 por ciento de la OCDE.
Además, 80 por ciento se considera curioso sobre diferentes temas, contra 73 por ciento en el conjunto de la organización.
Y solamente 11 por ciento considera que asistir a la escuela ha sido una pérdida de tiempo; el promedio internacional llega a 24 por ciento. (OECD)
México enfrenta entonces una contradicción inquietante: existen estudiantes que aseguran valorar la escuela y estar dispuestos a esforzarse, pero el sistema no consigue convertir suficientemente esas actitudes en aprendizajes medibles.
Eso obliga a mirar más allá del alumno.
Los padres también se están alejando de la escuela
Uno de los datos menos visibles de PISA puede ser también uno de los más importantes.
El acompañamiento familiar disminuyó.
En 2022, 71 por ciento de los estudiantes mexicanos afirmaba que sus padres o tutores les preguntaban al menos una vez por semana qué habían hecho en la escuela.
En 2025 la proporción cayó a 63 por ciento.
La reducción es todavía mayor cuando se pregunta si padres e hijos conversan sobre los problemas escolares.
En 2022 lo hacía semanalmente 56 por ciento.
Tres años después solamente 42 por ciento.
La caída no es exclusiva de México: PISA encontró un descenso importante del apoyo familiar en prácticamente todos los países participantes. (OECD)
El fenómeno introduce una variable que pocas políticas educativas pueden resolver desde el salón de clases.
La escuela compite ahora por la atención del adolescente frente a redes sociales, plataformas de video, videojuegos, mensajería instantánea, algoritmos e inteligencia artificial. Pero esa competencia también se desarrolla dentro de hogares donde padres e hijos parecen conversar menos sobre lo que ocurre en las aulas.
No todo comenzó con la pandemia
COVID-19 agravó el problema, pero tampoco constituye una explicación suficiente.
La OCDE señala que el deterioro de la lectura ya era observable antes de la pandemia. El cierre de escuelas profundizó rezagos y modificó hábitos tecnológicos, pero las tendencias tienen raíces anteriores. (OECD)
En México existe además otro elemento que debe considerarse al interpretar los resultados.
Entre 2015 y 2025 aumentó la proporción de jóvenes de 15 años incorporados a la educación secundaria, incluyendo estudiantes procedentes de poblaciones históricamente marginadas.
La OCDE advierte que esta expansión de la cobertura explica parcialmente el descenso de los promedios: hoy están dentro del sistema educativo jóvenes que anteriormente podían quedar fuera de él.
Es una buena noticia en términos de acceso, pero plantea el siguiente desafío: incorporarlos no basta; hay que garantizar que aprendan. (OECD)
Una década perdida en competencias fundamentales
La comparación histórica permite dimensionar el problema.
Respecto de 2015, la proporción de estudiantes mexicanos con bajo desempeño aumentó 13 puntos porcentuales en matemáticas y ocho puntos en lectura.
En PISA 2025, el rendimiento mexicano en matemáticas volvió a descender respecto de 2022, mientras lectura y ciencias permanecieron aproximadamente estables. Aun así, los resultados actuales de matemáticas y lectura continúan por debajo de los observados entre 2009 y 2018. (OECD)
La discusión educativa mexicana, por ello, difícilmente puede reducirse a defender o atacar una administración, una reforma o un modelo pedagógico.
El problema atraviesa gobiernos.
Y también atraviesa generaciones.
El verdadero desafío: volver a enseñar a concentrarse
PISA 2025 deja una advertencia que rebasa las fronteras mexicanas.
Durante décadas, los sistemas educativos se preocuparon por llevar computadoras, internet y dispositivos digitales a las escuelas. Ahora comienza una segunda etapa mucho más complicada: enseñar a utilizarlos sin que destruyan la concentración necesaria para aprender.
El dilema no consiste en elegir entre libros y pantallas.
Consiste en impedir que la velocidad de las pantallas sustituya la profundidad del pensamiento.
Porque leer una novela, comprender un argumento científico, resolver un problema matemático o contrastar dos fuentes exige algo que ninguna aplicación puede realizar en nombre del estudiante: atención, esfuerzo intelectual, paciencia y capacidad para equivocarse antes de encontrar una respuesta.
Y ahí puede encontrarse una de las claves del deterioro educativo que documenta PISA.
México tiene adolescentes que dicen valorar la escuela y estar dispuestos a esforzarse. Tiene también maestros que, según los propios alumnos, muestran niveles de acompañamiento superiores al promedio de la OCDE: 81 por ciento afirma que sus profesores se interesan por su aprendizaje y 83 por ciento que reciben ayuda adicional cuando la necesitan. (OECD)
Pero simultáneamente tiene estudiantes con bajos niveles de comprensión lectora, hogares con menor acompañamiento educativo, escuelas con carencias materiales y una vida cotidiana atravesada por dispositivos diseñados para disputar permanentemente su atención.
El resultado es una paradoja educativa.
Nunca los estudiantes habían tenido tanta información al alcance de la mano y, al mismo tiempo, había resultado tan urgente enseñarles a detenerse, leer, comprender, cuestionar y pensar.
Después de PISA 2025, ése debería ser uno de los debates centrales para México.
