Por Edilberto Aldán
Hay un tipo de poder que no se ejerce desde ningún cargo: el de ser deseada. Lorena Martínez lleva más de dos años sin militar en ningún partido político y, sin embargo, en Aguascalientes se habla de ella como se habla de una elección ya decidida. No lo está. Faltan meses, falta una alianza por construirse pieza por pieza, falta incluso el nombre de los institutos políticos que la postule, pero hay algo que ya ocurrió antes de cualquier cosa: Lorena Martínez se convirtió en el activo político más codiciado del estado sin necesitar carnet de nadie.
Conversamos con Lorena Martínez sobre su intención de volver a la presidencia municipal de Aguascalientes en 2027, la misma silla que ocupó hace trece años. La conversación transcurre con la cadencia de quien ha ensayado sus respuestas en decenas de mesas privadas, pero también con momentos, pocos, cuidadosamente pocos en los que la construcción se resquebraja y aparece algo más parecido a la duda.
El cálculo antes que la fe
—¿Por qué estás tan segura de estar en la boleta del 27? —le pregunto de entrada.
—No es que esté segura —corrige, y ahí empieza el primer matiz de una conversación que estará llena de ellos—. Lo he dicho y lo voy a reiterar: si Dios me da vida y me da salud, estaré en la boleta del 27.
La frase suena a fórmula de campaña, pero lo que sigue es más interesante que la frase: Martínez explica que decidió regresar a la boleta, no al servicio público, donde ya está, sino a la boleta, que es otra cosa, después de “pensarlo muchísimos años”. Y aquí aparece el primer dato duro de la conversación, el que explica buena parte de lo que se ha discutido en los círculos políticos de la ciudad en los últimos meses: no tiene partido. Desde 2024 no milita en ninguno. Y sin partido que la postule, necesita construir algo más complicado y más frágil: una alianza.
—¿Como candidata a la presidencia municipal o en otro cargo? —insisto, porque en Aguascalientes se ha hablado de la gubernatura, de la alcaldía.
—Decidí ir a la presidencia municipal, Edilberto, porque creo que es ahí donde hay condiciones para que pueda conciliar una alianza de partidos.
Es una respuesta que vale la pena leer dos veces. Martínez no dice que la alcaldía sea su ambición mayor —más adelante asegurará que su capital político “alcanza para mucho y más”, dejando abierta, sin decirlo del todo, la sombra de la gubernatura—. Dice que la alcaldía es el terreno donde el cálculo de alianzas le resulta más viable. Es una candidatura, en ese sentido, tan aritmética como vocacional.
Los partidos que la cortejan, el partido que no quiere
El mapa que traza Martínez de sus conversaciones es amplio: Verde, Partido del Trabajo, Morena, PAZ. Suma posible, dice, “que pueda reflejar lo que yo soy”. Pero cuando le pido que se defina ideológicamente, la respuesta no deja lugar a dudas y, de paso, ilumina la tensión de fondo de todo su proyecto.
—Yo sí tengo una ideología, por supuesto. Tengo la ideología del PRI, porque ahí me formé, porque creo, de hecho, en ella. Seré siempre una mujer de centro-izquierda.
Priista de convicción buscando gabinete con Morena, el Verde, el PT. La aritmética de las alianzas mexicanas contemporáneas rara vez se preocupa por la coherencia ideológica, Lorena Martínez lo sabe y no lo esconde. Lo que sí le duele o al menos lo que enfatiza como límite, es Movimiento Ciudadano, el partido con el que dice sentir más afinidad natural “la socialdemocracia… por supuesto que me gusta”, pero que ha cerrado la puerta a las coaliciones. Ese cierre le impide construir un frente amplio. Es la primera de varias veces en que Martínez describe su propio proyecto no como una decisión sino como una serie de puertas que otros abren o cierran.
Le pregunto por la vía independiente, la que evitaría del todo el problema de la alianza.
—Es una opción, me la he planteado como posibilidad y finalmente puede ser la última parte del proceso.
No la descarta. Tampoco la persigue, menciona, de pasada, algo que merece más atención de la que ella misma le da: ha tenido “pláticas muy profundas” con la gobernadora Tere Jiménez, a quien dice querer y respetar, pero reconoce que ahí —en el PAN, el partido con el que hoy gobierna desde el área administrativa que ocupa— es “quizá el espacio en donde menos posibilidades me dan”. Trabaja para un gobierno que, en los hechos, no la quiere de candidata.
La ruptura: Alito, la Guardia Nacional y Beatriz Paredes
Toda candidata que abandona su partido de origen enfrenta la misma pregunta incómoda, y se la hago sin suavizarla: ¿puede mencionar una sola decisión que ella misma haya defendido como priista y que hoy considere un error?
Martínez no evade. Cuenta un episodio de 2022: después de que el bloque opositor en Aguascalientes se había pronunciado contra la militarización del país, el paso de la Guardia Nacional a mando del Ejército, la dirigencia nacional del PRI mandató votar a favor de la reforma. “Nos cambian la pichada”, señala, todavía con algo de la indignación de entonces. Fue, según su relato, la primera fisura.
La gota que derramó el vaso, sin embargo, tiene nombre propio: Beatriz Paredes.
—Me parece que es una falta de respeto a una mujer, a un cuadro militante del partido —dice, y elige con cuidado los adjetivos: “una priista de cepa, una priista líder respetada, querida”—. El trato que recibió no es el trato digno para una mujer de su nivel.
Es un argumento que funciona en dos niveles. Uno es el explícito: la deslealtad de una dirigencia nacional hacia sus cuadros históricos. El otro, implícito, es más útil para entender a la propia Martínez: ella se piensa en el mismo linaje que Paredes, una mujer con trayectoria e investidura propia maltratada por un aparato partidista que ya no distingue mérito de lealtad ciega. Cuando describe al PRI de Alito Moreno como “un estilo egocéntrico… en donde lo que importa es la figura, una sola figura del dirigente”, no es difícil escuchar ahí un espejo invertido de lo que ella misma promete ser.
Le pregunto si lo que le pasó a ella con el PRI nacional es, en escala local, lo mismo que le ha pasado al PRI de Aguascalientes.
—Pues algo así, claro —contesta, sin adornos.
Yo no he saltado de ningún partido
El chapulineo es la acusación que persigue a cualquier político que cambia de bando, y se lo planteodirectamente. Su defensa es, cuando menos, técnicamente precisa: nunca se ha afiliado a otro partido más que al PRI. Su paso por el gobierno panista de Tere Jiménez, insiste, no fue una migración sino el resultado de una alianza electoral formal PRI-PAN. Ella llegó ahí en el vagón de una coalición, no cruzando el pasillo.
—Yo soy, hoy por hoy, una política sin partido —resume—. No está en mis planes afiliarme a ningún partido. Tengo que encontrar una motivación especial para que yo decida militar una vez más.
Es una postura cómoda mientras dure la negociación: le permite dialogar con Morena, el Verde y el PT sin el costo reputacional de vestir sus colores todavía. Pero también es una posición que tiene fecha de caducidad. En algún punto entre hoy y el registro de candidaturas, la “política sin partido” tendrá que convertirse en la candidata de alguien, y ese día la ambigüedad que hoy la protege dejará de ser un activo.
Los dos No que definen su cautela
Hay un episodio que Martínez cuenta con la fluidez de quien lo ha repetido para justificarse, pero que en esta conversación entrega con más detalle que de costumbre: Mario Delgado le ofreció, en su momento, una candidatura al Senado por Morena. Ella puso tres condiciones sobre la mesa —desacuerdo con la reforma judicial, con la desaparición del IFAI, con el debilitamiento del INE— y el entonces líder de Morena, según su relato, respondió que lo que el partido necesitaba eran perfiles dispuestos a “votar lo que se tenga que votar”.
—Y dije: pues esa no soy yo.
Es el fragmento más citable de toda la entrevista, y también el más conveniente: le permite presentarse ante un electorado de clase media, moderado, desconfiado del proyecto de la Cuarta Transformación, como alguien con límites ideológicos incluso frente a la oferta de un cargo federal. Conviene notar, sin embargo, que hoy mismo sostiene “diálogos” con ese mismo Morena para la alcaldía. La línea roja de 2024 no parece haberse movido de lugar, pero el interlocutor sigue siendo el mismo partido.
Con Movimiento Ciudadano el desencuentro fue de otra naturaleza, un ofrecimiento de diputación federal que, según ella, se transformó a último momento en una fórmula al Senado sin acuerdo previo, y lo cuenta sin reproche, casi con gratitud, atribuyendo el cambio a un exceso de buena voluntad de la dirigencia nacional, de Dante Delgado. La asimetría es notable: con Morena hubo un desacuerdo de principios; con Movimiento Ciudadano, apenas un malentendido logístico. La política, como la memoria, no es neutral en lo que decide subrayar.
El gabinete que nadie le puede imponer
Si hay un punto en el que Martínez deja de sonar a política de comunicado y empieza a sonar a alguien negociando en tiempo real, es cuando hablamos de gabinete. Le pregunto qué está dispuesta a negociar con los partidos que la postulen y qué no negociaría jamás.
Su respuesta es, en el mejor sentido, una provocación: un gobierno de perfiles técnicos, “no importa si es del color que sea”, elegidos por capacidad y no por cuota partidista. Recuerda su gabinete de hace trece años —mitad priista, mitad ajeno al PRI, con una directora de Cultura que ella misma describe como “más de izquierda” y nunca militante— como prueba de que puede hacerlo otra vez.
Le cuestiono si pedir a los partidos que la postulen sin poder colocar a su gente. ¿No es mucho pedir?
—Sí, es pesado —admite, sin matizarlo—. Pero tampoco quiere decir que en los partidos no haya esos perfiles.
Es una respuesta honesta que no resuelve el problema, solo lo traslada: confía en que existan, dentro de Morena, el Verde o el PT, cuadros que cumplan con su estándar técnico. La alternativa —que no existan, o que los partidos no estén dispuestos a cederlos sin cobrar cuota de poder a cambio— es el tipo de escenario que ninguna candidata en plena negociación de alianzas va a poner sobre la mesa en una entrevista. Es, quizás, el verdadero examen que Martínez todavía no ha presentado: no el de convencer al electorado, sino el de convencer a los partidos de renunciar a lo que más quieren de una alianza, que es el control de las áreas que reparten dinero y empleo.
El diagnóstico: agua, finanzas y un dato que debería asustar más de lo que asusta
Cuando la conversación se mueve del terreno político al programático, Martínez cambia de registro. Habla con la fluidez de quien conoce los expedientes porque ya los administró una vez: finanzas municipales en crisis silenciosa, pérdida de calidad crediticia, pasivos sin cubrir. Localiza, sin que se lo pida, un dato que merece más atención de la que probablemente reciba:
—Aguascalientes ocupa el primer lugar en el país de adolescentes en conflicto con la ley. Mientras aquí traemos 890 por cada 100 mil habitantes, el promedio nacional es de 290.
Es una cifra que Martínez atribuye a la desintegración familiar, desadaptación adolescente y vacíos educativos, y que conecta con su paso por el Instituto de Educación de Aguascalientes, donde dice haber creado el área de cultura del organismo. El dato queda consignado como lo que es: una afirmación de la entrevistada, no un hecho contrastado, pero incluso como afirmación de campaña tiene un peso distinto al de la retórica habitual sobre seguridad: no habla de patrullas ni de cámaras, habla de una generación.
En materia de servicios públicos es menos elíptica sobre el fracaso ajeno: “el tema de limpia” es, dice sin dudar, lo que peor está haciendo el gobierno actual. Cuando le pido en cambio que mencione algo que ese mismo gobierno esté haciendo bien, la fluidez se rompe por primera y única vez en toda la charla.
—Ay, ayúdenme —dice, y se ríe.
No completa la frase. Es un silencio breve pero también revelador: la opositora que insiste en que su campaña “no necesita atacar, no necesita descalificar” tropieza, en el único momento en que se le pide elogiar en lugar de señalar, con no encontrar nada que decir.
El agua: la propuesta más arriesgada de la conversación
El tema donde Lorena Martínez se juega más es el agua, y lo sabe. Aguascalientes pierde, según sus cifras, la mitad del agua que extrae por fugas en una red que sólo se renovó parcialmente hace más de una década. La ciudad tiene zonas con abundancia y zonas en sequía. Y la respuesta que propone no es ni la privatización que critica ni la estatización total que existe hoy, sino un modelo híbrido inspirado en Bogotá y Medellín: una empresa de propiedad municipal con inversión privada, donde cerca del 45% de las utilidades regresa al municipio en forma de parques, vialidades e infraestructura.
Le señalo el riesgo evidente: proponer un rediseño institucional del sistema de agua en una ciudad donde la gente, hoy, simplemente quiere que le llegue el agua.
—Por eso, al contrario —responde—. Es que ese es el tema, justo por eso se necesita.
Es la respuesta de alguien convencida de que la paciencia del electorado alcanza para explicar una reforma estructural, no solo para prometer pipas y programas de contingencia. Es también, hay que decirlo, la propuesta con más aristas técnicas y jurídicas de toda la entrevista, la que más dependerá de que los números, cuánto invierte el privado, cuánto retiene, cómo se audita el reparto, resistanel escrutinio que hasta ahora solo ha recibido en forma de conversación.
Campaña sin ataque, en un estado que ya no vota por consigna
Lorena Martínez insiste, más de una vez, en que su campaña, si finalmente compite, será de propuesta, no de confrontación. “No necesitamos atacar, no necesitamos descalificar, no necesitamos agredir. Me parece que la gente está harta de eso”. Es un posicionamiento cómodo para alguien que necesita, simultáneamente, cortejar a Morena, al Verde, al PT y no cerrar del todo la puerta al PAN: el ataque focalizado tiene el problema de que hoy el adversario de Martínez todavía no tiene nombre ni partido.
Divide al electorado en tres bloques: quienes ya votaron por ella, quienes votaron en contra y quienes no la conocen. A este último grupo, dice, es al que debe hablarle primero, porque después de trece años fuera del ayuntamiento —con un paso reciente por el Instituto de Educación de por medio— hay una ciudad entera que solo la conoce de nombre. Sobre quienes no volverían a votar por ella, apenas hay estrategia: “a lo mejor ya no va a volver a votar por mí”, dice, casi resignada, y atribuye la resistencia sobre todo al voto duro de los partidos, no a ella misma. “A lo mejor a alguien le caigo gorda”, admite, y cita —medio en broma— una canción sobre no ser monedita de oro. Es la única concesión de toda la charla a la posibilidad de que el rechazo tenga que ver con ella y no con la aritmética partidista.
Lo que cambió y lo que no se terminó
Le pido que compare, sin autocomplacencia, el Aguascalientes que gobernó hace trece años con el que aspira a gobernar ahora. La respuesta tiene el mérito de admitir pendientes propios: el proyecto de economía circular en el manejo de residuos sólidos que dejó “a medias”; la generación de energía a partir de biogás del relleno sanitario, iniciada en su gestión y cuyo contrato, dice, apenas terminó ahora; la renovación de la red hidráulica que solo alcanzó el primer anillo de la ciudad antes de detenerse en 2013.
No es la crónica de un gobierno perfecto interrumpido por el destino. Es, en sus propias palabras, la crónica de varios proyectos arrancados y no concluidos, algunos por falta de tiempo, otros —admite indirectamente— por falta de continuidad de los gobiernos que la sucedieron. La pregunta que la entrevista no alcanza a resolver, y que probablemente tampoco resolverá ninguna encuesta, es cuánta responsabilidad de ese “a medias” es de ella y cuánta de quienes vinieron después.
El vehículo, no el destino
Hacia el final le pregunto por qué, si su capital político “alcanza para mucho y más” —palabras suyas—, apunta a la presidencia municipal y no a la gubernatura. Su respuesta desnuda, mejor que cualquier otra parte de la conversación, la lógica que gobierna toda la operación:
—Necesitas un vehículo para correr. En el sistema de partidos, todavía las candidaturas independientes son endebles y se necesita mucho dinero. Y lo que creo que tampoco es sano es comprometer de más la viabilidad de un proyecto.
Traducido: la alcaldía no es necesariamente la ambición, es la ecuación que cierra. Es donde las piezas de la alianza —Verde, PT, Morena, PAZ, quizás algún día el PAN si las condiciones cambian— tienen más probabilidad de encajar sin que ella tenga que ceder su condición de política sin partido antes de tiempo.
El cierre: la pregunta que no se completa sola
Le pido que termine una frase: “Quiero volver a gobernar Aguascalientes porque…”
—Porque sé que lo haría muy bien y daría buenos resultados.
Es la respuesta más plana de toda la entrevista, la única que suena a spot de campaña más que a conversación. Y es, también, la que mejor resume el estado actual de su proyecto: una convicción personal sólida, expresada con la seguridad de quien ya gobernó una vez, todavía sin el partido, la alianza ni el rival que le darán forma definitiva. Faltan meses. Falta, sobre todo, ver si los partidos que hoy la cortejan están dispuestos a pagar el precio que ella les está pidiendo: ceder el gabinete, aceptar que la candidata no es de nadie más que de sí misma.
Ese, y no las encuestas, es el verdadero examen de Lorena Martínez.
