Un recorrido por la historia documentada de la CIA en territorio mexicano, desde la Guerra Fría hasta la Sierra Tarahumara
Ciudad de México 27/04/26— La madrugada del 19 de abril de 2026, un convoy de vehículos oficiales descendía por las serranías de Chihuahua cuando se precipitó en un barranco. Entre los muertos había dos agentes de la CIA. El accidente no reveló una anomalía: confirmó una realidad que lleva setenta años escribiéndose en silencio.
Lo que Chihuahua dejó al descubierto no es una excepción ni una novedad. Es el capítulo más reciente de una historia que lleva décadas escribiéndose, con o sin el aval de los gobiernos mexicanos.
I. Los orígenes: México como tablero de la Guerra Fría (1947–1969)
La CIA fue fundada en 1947. En menos de una década ya había instalado una estación operativa permanente en la Ciudad de México, convertida entonces en uno de los epicentros del espionaje internacional. La capital mexicana era estratégica: puerta de entrada para agentes soviéticos, cubanos y latinoamericanos que buscaban rutas hacia Estados Unidos.
De acuerdo con documentos desclasificados por el Gobierno de Estados Unidos, disponibles en el Archivo Nacional de Seguridad de la Universidad George Washington, el agente de la CIA Winston Scott operó desde la Embajada estadounidense al mando de un grupo especial en México durante la década de los sesenta. 
El arquitecto de esa presencia fue Scott, quien dirigió la estación de la CIA en México entre 1956 y 1969. Su legado más documentado fue la construcción de una red de informantes en las más altas esferas del poder político mexicano.
El grupo de Scott estaba conformado por 12 agentes especiales e informaba sobre todos los aspectos asociados a movimientos sociales. El nombre codificado de la red era LITEMPO, donde LI representaba el código de la agencia para las operaciones en México y TEMPO se refería a “una productiva y efectiva relación entre la CIA y un selecto grupo de altos funcionarios en México”. 
II. Los presidentes con nombre clave
El hallazgo más perturbador de los archivos desclasificados no es operacional sino político: al menos cuatro presidentes mexicanos colaboraron activamente con la CIA.
Adolfo López Mateos fue quien inició el programa de espionaje estadounidense, asignado con el nombre clave LITENSOR. Scott y López Mateos tuvieron su primer desayuno en 1958 para hablar de una red de agentes pagados dentro del territorio nacional. La relación creció a tal grado que el mandatario fue invitado a la boda de Scott en 1962. Por su parte, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría fueron asignados con los nombres clave LITEMPO-2 y LITEMPO-8 respectivamente. 
El cuarto caso documentado es el de José López Portillo, que gobernó entre 1976 y 1982. Un documento desclasificado fechado el 29 de noviembre de 1976 señala que México “pronto tendrá un nuevo presidente, un hombre que ha tenido el control del Enlace durante varios años”. Se trata del primer registro público sobre la relación entre la CIA y López Portillo. 
La revelación generó alarma incluso dentro de la propia agencia. El agente de inteligencia Haviland Smith advirtió al entonces director de la CIA que si la información sobre México se hiciera pública, “el resultado sería desastroso”. La mayor preocupación era que la capital mexicana era “el punto central para la Unión Soviética en cuanto a operaciones de inteligencia contra EE.UU.” 
III. La Operación LIENVOY y el espionaje de embajadas
En paralelo a LITEMPO, la CIA ejecutó otro programa de inteligencia con participación directa del Estado mexicano.
Fue el propio presidente mexicano Adolfo López Mateos quien propuso a la CIA, en 1958, uno de sus programas de vigilancia conjunta más extensos, conocido como Operación LIENVOY. La operación, ejecutada con personal del Ejército mexicano, sirvió para espiar las embajadas cubana, soviética, yugoslava y checa en la Ciudad de México. Pero también para vigilar a disidentes internos: el expresidente Lázaro Cárdenas y el muralista David Alfaro Siqueiros tuvieron sus teléfonos intervenidos. 
Según los propios documentos de la CIA, la colaboración con el gobierno mexicano en ese espionaje se prolongó al menos hasta 1994. Paralelamente, la agencia estadounidense infiltró revistas intelectuales, reclutó escritores para distribuir propaganda anticomunista en América Latina y mantuvo agentes encubiertos dentro de la Cámara de Comercio estadounidense en México. 
IV. El 2 de octubre de 1968: el papel de Scott
El movimiento estudiantil mexicano de 1968 fue uno de los episodios más vigilados por la CIA en su historia mexicana. La información que la agencia procesó y compartió con el gobierno de Díaz Ordaz tiene implicaciones que aún generan debate académico.
En medio de la Guerra Fría, Winston Scott mantenía una estrecha relación con el gobierno mexicano. Scott creó una red de informantes dentro de las más altas esferas del poder mexicano, conocida como el programa LITEMPO. Entre 1956 y 1969, Scott reclutó al menos a 12 informantes clave para mantener a Washington informado sobre el creciente movimiento estudiantil. 
La respuesta que dio Scott basándose en los informes de LITEMPO era que el presidente Díaz Ordaz sería capaz de mantener la situación bajo control de cara a las Olimpiadas de 1968. Scott le proporcionaba un reporte diario sobre los “enemigos de la nación”. 
Se cree que la información dada por la CIA al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz pudo haber motivado indirectamente la masacre del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, al menos eso parecen indicar algunos documentos de la NSA desclasificados. No hay pruebas de una intervención directa, pero el papel de la inteligencia proporcionada fue documentado. 
V. Los años ochenta: el narco entra en la ecuación
Con el fin de la Guerra Fría como marco y el auge de los cárteles mexicanos como nuevo escenario, la presencia de la CIA en México mutó de objetivos ideológicos a antinarcóticos. El cambio no fue limpio.
Durante los años ochenta, la Dirección Federal de Seguridad (DFS), creada en 1947 y disuelta en 1985 tras múltiples señalamientos de corrupción, espionaje político y vínculos con el narcotráfico, colaboró estrechamente con la CIA. La institución fue señalada simultáneamente como brazo del Estado, aliada del crimen organizado y activo de la agencia estadounidense. 
En la Guadalajara de los años ochenta, mientras Rafael Caro Quintero y Miguel Ángel Félix Gallardo construían el primer gran cártel mexicano, había una subestación de la CIA operando dentro del consulado estadounidense en esa ciudad. No es especulación ni leyenda negra: es historia documentada. 
El episodio más grave de esa época fue el asesinato del agente de la DEA Enrique “Kiki” Camarena en febrero de 1985. El caso Camarena ilustra las oscuras relaciones que tejieron durante décadas los narcos mexicanos con sectores políticos y policiales a ambos lados de la frontera. Varias investigaciones apuntan a la participación de otros actores más allá de los capos del cártel de Guadalajara, incluyendo señalamientos hacia la propia CIA y el gobierno mexicano. 
La respuesta de Washington tras el asesinato de Camarena fue una operación de represalia en territorio mexicano sin autorización del gobierno mexicano, que incluyó el secuestro de uno de los responsables para llevarlo a juicio en Estados Unidos. 
VI. El modelo del siglo XXI: “Unidades verificadas”
Lejos de retirarse, la CIA construyó en las últimas décadas un modelo más sofisticado de influencia en México, centrado en unidades militares élite entrenadas, equipadas y supervisadas directamente por la agencia.
La CIA ha llevado a cabo operaciones encubiertas en México durante años para localizar a los narcotraficantes más buscados del país. Con el permiso del gobierno mexicano, la CIA proporciona entrenamiento y equipo a grupos especiales de combate al narcotráfico dentro de las Fuerzas Armadas de México, además de respaldo financiero para actividades como viajes. La agencia también aplica pruebas de polígrafo a los integrantes del grupo, razón por la cual suelen ser conocidos como “CIA vetted units” o “unidades CIA verificadas”. 
Actualmente existen al menos dos de estas unidades: una adscrita al Ejército y otra a la Marina. Han participado en la mayoría de las capturas de alto perfil, desde la recaptura de “El Chapo” en Los Mochis en 2016 hasta la captura definitiva de Ovidio Guzmán en 2023. El modelo no es nuevo: en los años noventa, la CIA impulsó la creación del Grupo de Análisis de Información sobre el Narcotráfico (GAIN), quien operó como punta de lanza contra organizaciones como Los Zetas. 
Antes del operativo que culminó con la captura de Ovidio Guzmán en 2023, la CIA aprovechó su sistema de interceptación para vigilar las comunicaciones de sus colaboradores, con el fin de localizarlo en el pueblo natal de su madre en la Sierra Madre Occidental. Analistas de la CIA elaboraron un expediente detallado sobre el capo, conocido como “paquete de localización”. 
La investigación de Reuters expone la dinámica de poder en la Embajada de Estados Unidos en México: mientras la DEA encabeza la labor pública de cooperación, la CIA ocupa un rol privilegiado en la coordinación. Analistas de la agencia comparten piso con el embajador, mientras que los agentes de la DEA y otras corporaciones se ubican un nivel abajo. 
VII. Chihuahua 2026: el accidente que lo reveló todo
De acuerdo con un reportaje de Los Ángeles Times, fuentes familiarizadas con el operativo en el municipio de Morelos afirmaron que el del 19 de abril sería al menos la tercera vez en que agentes de la CIA participan en una operación contra el narcotráfico en esa entidad en lo que va del año. Los agentes utilizaron uniformes de la Agencia Estatal de Investigación de Chihuahua para pasar desapercibidos. 
La Ley de Seguridad Nacional señala que agentes extranjeros no pueden realizar acciones operativas en el país, por lo que sus actividades se limitan legalmente al intercambio de información. Asimismo, establece que las gestiones deben llevarse a cabo con la Secretaría de Relaciones Exteriores, no de manera directa con autoridades estatales. 
La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, dijo que no sabía de la presencia de los agentes en Chihuahua. El consultor en seguridad David Saucedo confirmó que la presencia de agentes del FBI, la CIA, la DEA y Homeland Security en México está documentada de forma continua desde hace décadas, y que participan armados en geolocalización, detención de narcotraficantes e investigación criminal, facultades que ninguna ley mexicana les otorga. 
VIII. El debate de fondo: soberanía versus eficacia
Lo que ha cambiado con Donald Trump no es la presencia de agencias estadounidenses en México, sino el estilo: menos disimulo, más protagonismo. Trump declaró terroristas a los cárteles mexicanos y creó una fuerza de tarea militar antinarco. 
La CIA expandió sus operaciones en México bajo el director John Ratcliffe. Drones MQ-9 Reaper sobrevuelan Chihuahua espiando rutas y laboratorios. Se revisaron internamente las autoridades para el uso de fuerza letal contra organizaciones criminales en territorio mexicano. 
Los críticos señalan las contradicciones del modelo. Las unidades militares verificadas por la CIA se han convertido en las fuerzas más eficaces de México para localizar a presuntos narcotraficantes. Pero la captura de capos ha fragmentado a los cárteles y desatado sangrientas luchas por el poder. Cada año son asesinados alrededor de 30,000 mexicanos, según el INEGI, muchas de esas muertes relacionadas con la violencia del narcotráfico. 
Ralph Goff, exoficial de la CIA con amplia experiencia en operaciones encubiertas, señaló el riesgo de víctimas civiles, represalias por parte de los cárteles y consecuencias diplomáticas. “Sicario es una buena película, pero una mala política estadunidense. Las drogas son un problema de consumo, no de producción. No podemos resolver esto simplemente matando gente.” 
Conclusión: El secreto a voces
Durante setenta años, la presencia de la CIA en México ha sido simultáneamente un secreto de Estado y un secreto a voces. Los documentos desclasificados confirman lo que el sentido común ya intuía: México ha sido, desde la fundación de la agencia, un territorio estratégico para los intereses de inteligencia estadounidenses. Los presidentes lo sabían. Los militares lo sabían. Y el accidente en la Sierra Tarahumara lo confirmó ante la opinión pública.
Investigaciones y documentos históricos apuntan a que la CIA ha mantenido presencia operativa en México durante décadas, en coordinación variable con autoridades federales, estatales y locales.  La pregunta que el caso Chihuahua deja abierta no es si la agencia opera en México. Es quién lo sabe, quién lo autoriza, y qué tan lejos puede llegar.
Este reportaje se basa en documentos desclasificados del gobierno de Estados Unidos, disponibles en los Archivos Nacionales y en el Archivo Nacional de Seguridad de la Universidad George Washington; en la investigación de Reuters publicada en septiembre de 2025 basada en más de 60 entrevistas con fuentes de inteligencia de ambos países; en el libro Our Man in Mexico de Jefferson Morley (2008); y en cobertura periodística verificada de Infobae, BBC Mundo, La Jornada y Los Ángeles Times.
