En el corazón del barrio de San Jerónimo Lídice, al sur de la Ciudad de México, detrás de una sencilla puerta azul se esconde una de las historias educativas más inspiradoras de los últimos años. El colegio A Favor del Niño (AFN), una institución de asistencia privada con más de 80 años de trayectoria, fue galardonado en octubre de 2025 con el World’s Best School Prize en la categoría de Colaboración Comunitaria, considerado por muchos los “Óscar de la educación”. Es la primera escuela mexicana en recibir este prestigioso reconocimiento internacional.
El premio destaca precisamente lo que hace única a esta institución: no se limita a impartir clases, sino que construye un ecosistema completo alrededor del niño y su familia. Atender a 339 alumnos de escasos recursos —desde los 18 meses hasta los 15 años— implica mucho más que aulas: jornada extendida de hasta diez horas, cuatro o cinco comidas diarias, seguimiento de salud física y emocional, talleres para padres y una red de apoyo que involucra a vecinos, empresas locales e instituciones del barrio.
“Todos trabajamos en conjunto”, resumió una alumna en entrevistas recogidas por medios internacionales. Ese “todos” incluye a maestros, familias, donantes y la propia comunidad. Solo el 10% de los recursos proviene de las cuotas de matrícula; el resto llega gracias a donaciones. La escuela es católica y privada, pero su modelo es profundamente inclusivo y enfocado en niños en situación de vulnerabilidad o desatención familiar.
Un modelo que va más allá de las calificaciones
Lo que distingue a A Favor del Niño es su enfoque integral. Además de la educación académica, prioriza la nutrición (con seguimiento del peso y talla de cada alumno), la salud y el desarrollo emocional. Ofrece talleres como “Padres en acción”, círculos de lectura, cursos de inglés y atención vespertina. El objetivo es claro: romper el ciclo de pobreza facilitando que los padres trabajen mientras sus hijos están en un entorno seguro y formativo.
Este enfoque comunitario ha demostrado resultados concretos. La participación activa de las familias impacta directamente en el rendimiento académico y, sobre todo, en el vínculo afectivo, que según los responsables del colegio es más importante que cualquier nota. El modelo ha llamado la atención internacional precisamente porque demuestra que la verdadera calidad educativa nace del tejido social, no solo de infraestructura o recursos estatales.
La directora y el equipo destacan que la escuela acompaña a los niños en el pleno goce de sus derechos: educación, nutrición, salud y un sano desarrollo integral. Su sitio oficial lo resume así: “Cambiar las oportunidades de un niño hoy, para transformar su futuro”.
Un ejemplo que inspira (y genera preguntas)
El reconocimiento del World’s Best School Prize no solo celebra a A Favor del Niño, sino que pone sobre la mesa un debate necesario en México y América Latina: ¿qué hace realmente buena a una escuela? No siempre son los rankings de PISA o los presupuestos millonarios, sino la capacidad de tejer alianzas locales, involucrar a las familias y atender al niño de manera holística.
Escuelas como esta demuestran que es posible ofrecer excelencia educativa en contextos de alta vulnerabilidad. Su historia inspira a otras instituciones y genera un mensaje poderoso: la educación de calidad se construye con comunidad, no solo con políticas desde arriba.
En un país donde millones de niños enfrentan desigualdad educativa, el caso de A Favor del Niño en San Jerónimo Lídice brilla como prueba de que otro modelo es posible. Una escuela que no solo enseña letras y números, sino que cuida, nutre y transforma vidas enteras.
