Por Nico Underwood
En estrategia y en política, que es estrategia aplicada con ego, suele cumplirse una ley no escrita, aquello que te llevó a la cima termina, tarde o temprano, empujándote cuesta abajo. La fortaleza muta en debilidad; el activo se convierte en lastre. En el caso de la autodenominada Cuarta Transformación, ese lastre tiene nombre y apellido: López Obrador. Y, más aún, tiene descendencia, ramificaciones y una peligrosa vocación de permanencia.
No se trata de negar el peso histórico del expresidente ni su centralidad en la construcción del movimiento que hoy gobierna. Se trata, precisamente, de entender que su figura y la de su familia, ha dejado de sumar y comenzó a restar. Los hijos del “Padre Fundador”, su presencia mediática, su influencia informal y las posiciones que aún detentan, incluida la ex primera no dama, encarnan hoy el mayor obstáculo para que el nuevo gobierno respire, se afirme y gobierne.
La historia política reciente de México ofrece lecciones claras. Sin necesidad de remontarnos a virreinatos ni a linajes con ínfulas de sangre azul, basta revisar los últimos cuatro sexenios. Ninguna familia presidencial insistió en prolongar su influencia más allá del mandato del patriarca. Los más cercanos a esa tentación fueron los hijos putativos del foxismo, pero incluso ellos entendieron pronto que lo prudente era retirarse de la vida pública y dedicarse a disfrutar y multiplicar, la fortuna acumulada durante el sexenio conyugal.
Con los Salinas la lección fue más áspera. Ernesto Zedillo tuvo que ejercer el poder con bisturí y mano firme para dejar claro que el sexenio había terminado y que el apellido ya no mandaba. ¿Será necesario un episodio similar para que el clan tabasqueño entienda que los tiempos cambiaron? ¿O insistirán en aprender por la vía más costosa?
No se trata de traiciones ni de ingratitudes. Se trata de comprender que ya fueron. Que el verdadero legado no se construye aferrándose al escenario, sino sabiendo retirarse a tiempo. Si en verdad dicen amar al país y defender al pueblo, deberían hacerse a un lado y dejar de generar escándalos que erosionan a la administración de la Dra. Claudia Sheinbaum.
Porque sí, ella fue impulsada por el expresidente. Nadie lo niega. Pero su investidura exige espacio, autonomía y tiempo para construir su propio estilo de gobierno. Ya pasó un año. Lo suficiente para entender que gobernar no es obedecer fantasmas ni administrar herencias. Es continuar lo que funcionó y corregir lo que no. Incluidos los proyectos faraónicos que, aun con buenas intenciones, no dieron los resultados prometidos.
¿Qué más tiene que suceder para que los hijos y los fieles entiendan que el “bastón de mando” ya no está en sus manos? La lealtad personal jamás puede estar por encima de la lealtad a la República y a los ciudadanos que eligieron, de manera abrumadora (por madriza, diría un boxeador campechano), a la primera mujer presidenta de México.
¿Por qué insistir en enquistar a un junior en la dirigencia de un “movimiento” que se niega a convertirse en partido? ¿Buscan fundar la primera familia imperial del siglo XXI? Si el lema es “primero los pobres”, el primer gesto de congruencia sería hacerse a un lado y dejar de estorbar un día sí y otro también.
Hoy gobierna una mujer preparada, con legitimidad propia, que no necesita tutores ni guardianes de una supuesta grandeza pasada. Ojalá el clan del sureste lo entienda antes de que sea demasiado tarde.
Las leyes del poder son inexorables.Al tiempo.
