Por Nico Underwood
En México, la censura dejó de usar botas, pasamontañas o camionetas sin placas. Ahora llega perfumada, con expediente bajo el brazo, sustentada en códigos y reglamentos, como si fuera pasante aplicada de cualquier fiscalia. El autoritarismo contemporáneo aprendió a hablar jurídico, ya no grita, notifica.
Mientras el país juega a la ruleta entre revolución,trasnformación, restauración o simple reciclaje, la prensa enfrenta un mensaje mucho más claro que cualquier iniciativa de reforma, “cállate, pero cállate bonito, por favor”. No es mordaza, es procedimiento. No es amenaza, es carpeta. La violencia burocrática del poder logró algo que los viejos caciques nunca imaginaron, censurar sin sudar.
La presentación del libro “Cállense: los nuevos rostros de la censura”, compilado por Humberto Musacchio, no fue tertulia ni coctel; fue autopsia. La censura mexicana mutó con la elegancia de quien cambia de traje pero conserva las mismas intenciones. Ya no necesita incendiar redacciones; le basta con demandar. Ya no manda sicarios; manda notificaciones. Y en lugar de balas, usa figuras legales tan nobles en el papel que casi dan ternura… hasta que ves para qué las están usando.
Artículo 19 México y Centroamérica registró 51 casos de acoso judicial entre enero y julio de 2025, casi uno cada cuatro días, récord nacional en un país donde los récords, por lo general, son tragedias con estadística. En esos expedientes brillan 39 periodistas y 12 medios sometidos a un festival de demandas, denuncias electorales y acusaciones de “violencia política de género”, herramienta creada para proteger mujeres y hoy reciclada para blindar egos frágiles con fuero.
No nos engañemos, esto no es justicia, es “lawfare”. Ni siquiera buscan ganar. Buscan cansar. Litigar es caro, desgastante, devora tiempo y energía. El objetivo es que el periodista deje de escribir por puro agotamiento. El silencio por fatiga, la fantasía húmeda de cualquier gobiernosillo autoritario.
Mientras tanto, en los discursos oficiales todo es respeto, pluralismo, garantías constitucionales. Una república de caricatura perfecta, en el pódium se aplaude la crítica; en el juzgado se asfixia. La ecuación es sencilla, si la prensa crítica paga abogados y la prensa oficial cobra publicidad, no hablamos de libertad, sino de subordinación tarifada.
Y este acoso no flota en el aire. Tiene geografía. Se concentra en estados donde el poder local opera con la discreción de un jefe de plaza y la impunidad de un organismo autónomo capturado. Ahí es donde periodistas terminan denunciados por columnas, memes o tuits, porque la política mexicana, además de rencorosa, tiene poca tolerancia al sarcasmo.
El problema, sin embargo, es más profundo. México presume una prensa libre, pero trata a sus periodistas como si fueran mobiliario desechable. Aplaude la crítica mientras no lo señale; la celebra mientras no cueste; la cita mientras no duela. Pero cuando el mensajero incomoda, lo deja solo, con su abogado y su deuda.
La consecuencia es devastadora, cuando solo circula la versión del poder, lo que se debilita no es el periodismo, es la democracia. No defender a los periodistas es renunciar al derecho público a saber. Aceptar el silencio por rutina es rendir la plaza de la conversación nacional.
La censura moderna, la elegante, la de carpetazo administrativo, no necesita matar periodistas; le basta con enseñarle a la sociedad que hablar trae factura.
Y cuando el silencio es más fácil que la verdad, la verdad deja de aparecer.
Como recordó Orwell, con la clarividencia de quien ya había visto este teatro
“En tiempos de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario.”
Aquí estamos. Y sí, toca seguir diciendo.
