Por Nico Underwood
El nuevo intento de registrar todas las líneas móviles con CURP vuelve a confirmar un patrón: cuando el Estado no sabe cómo enfrentar un problema, inventa un mecanismo de control que aparenta fuerza, pero revela debilidad. El padrón es exactamente eso, una herramienta de vigilancia con baja utilidad operativa, alto costo social y un enorme potencial de abuso.
Desde una perspectiva estratégica, es evidente que esta medida no golpea las capacidades delictivas reales. El crimen organizado no depende de líneas registradas para operar. Tiene acceso a VoIP, plataformas cifradas, chips internacionales, identidades robadas y mercados clandestinos que funcionan al margen de cualquier regulación. En otras palabras: la delincuencia opera en un nivel de adaptación que este tipo de políticas ni siquiera contempla.
Lo que sí hace el padrón es obligar a millones de ciudadanos a entregar datos sensibles a un aparato estatal que históricamente ha demostrado ser incapaz de protegerlos. En México, las filtraciones no son anomalías, son una constante. Padrón electoral, expedientes judiciales, bases biométricas, bases fiscales… todas han terminado en manos del crimen en algún momento. ¿Por qué este padrón sería diferente? La respuesta es simple, no lo será.
Y aquí está el punto crítico, un registro masivo de usuarios móviles no solo es un objetivo delictivo, también es un instrumento de control político. Un Estado con incentivos autoritarios y México no es ajeno a esas pulsiones, podría emplearlo para monitorear patrones de comunicación, presionar disidencias, mapear redes sociales y ejercer vigilancia selectiva. No estamos hablando de especulación académica, sino de riesgos documentados en países donde medidas similares terminaron integradas a estrategias de control interno.
En términos operativos, el padrón tampoco fortalece la inteligencia estatal. Las agencias de seguridad ya tienen facultades para solicitar información a operadores móviles bajo órdenes judiciales o investigaciones en curso. Lo que se plantea ahora es distinto: un registro masivo que pretende sustituir análisis táctico por recolección indiscriminada de datos. Es el equivalente digital de colocar retenes en cada esquina: genera ruido, no inteligencia.
Además, la medida erosiona la competitividad del sector telecomunicaciones. Impone cargas operativas que afectarán más a los pequeños operadores que a los grandes, distorsionando el mercado y reduciendo incentivos a la innovación. En un país donde la conectividad es un factor clave de desarrollo económico, la decisión de complicar el acceso a líneas móviles, especialmente en prepago, es un tiro en el pie. Y todo para perseguir una ilusión regulatoria.
La narrativa oficial pretende vender este padrón como solución a la extorsión telefónica. Pero los datos internacionales son claros, ningún país ha logrado reducir de forma significativa este delito mediante el registro de SIM. En todos los casos, la delincuencia desplazó su modus operandi, mientras que la población quedó más expuesta por el riesgo de filtraciones y mal uso estatal. México, con sus vulnerabilidades institucionales, está en mayor riesgo que esos países.
En síntesis, el padrón no es una estrategia de seguridad, es una política de control. No resuelve la delincuencia, pero sí amplía las capacidades de vigilancia. No fortalece al Estado, pero sí lo convierte en un actor con mayor poder sobre la vida privada de los ciudadanos. No mejora la competitividad, pero sí complica el acceso a servicios esenciales. Es, en pocas palabras, una mala decisión con consecuencias potencialmente graves.
La seguridad requiere inteligencia, tecnología bien aplicada, capacidades investigativas y coordinación institucional. Nada de eso se sustituye con un padrón. Esta medida no es un avance: es un retroceso peligroso, diseñado para aparentar eficacia mientras el verdadero problema permanece intacto.
Si el país permite que esta política se consolide, no solo se habrá desperdiciado tiempo y recurso, se habrá abierto la puerta a un tipo de control que, una vez instalado, rara vez se desmonta.
