Por Nico Underwood
Siglo XXI. Escenario: la Nueva Escuela Mexicana (NEM). Ese espacio etéreo del que todos hablan, pero que casi nadie ha visto funcionar en la vida real. Una pedagoga —de esas neoliberales que amaban evaluar y que Marx Arriaga considera un equivalente académico de los conquistadores— me dijo alguna vez: “El día que conozcas la NEM, preséntamela, porque yo sigo esperándola.” Y lo decía en serio.
La traigo a cuento porque el nuevo pontífice de la SEP, Marx Arriaga Navarro, reapareció como suele hacerlo: airado, grandilocuente, y convencido de que la educación mexicana es él. Desde su cuenta de X, el Director General de Materiales Educativos —cargo clave según la SEP, pero absolutamente desconocido para la mayoría del magisterio— lanzó otra de sus advertencias apocalípticas: “Primero tendrán que desaparecerme” si alguien se atreve a modificar sus libros “sin recetas”.
Una amenaza digna de Torquemada versión Cuarta Transformación.
El conflicto estalló por la defensa del libro Un libro sin recetas, diseñado supuestamente para “liberar” la práctica docente. Un texto que muchos maestros, consultados por organizaciones como Mexicanos Primero y Educación Futura, denuncian como poco útil, confuso y alejado de las realidades del aula. Y aunque las asociaciones pueden estar politizadas —es cierto—, también lo es que el 78% del magisterio reporta que no recibió capacitación suficiente sobre la NEM, según la Encuesta Nacional de Supervisión Educativa 2024.
Pero a Marx no se le toca. Él mismo lo dijo: no se le cambia ni una coma.
Y aquí entra el delirio institucionalizado: ¿en qué momento un funcionario público se convirtió en propietario intelectual de la educación nacional? Más aún: ¿en qué momento un doctor en Filología Hispánica —formado en la Universidad Complutense, una de esas tierras bárbaras que según el padre fundador de la 4T corrompieron a los pueblos originarios— decidió que la crítica pedagógica era traición a la patria?
Durante años, es verdad, los planes y programas estuvieron capturados por una élite académica que hacía negocio con consultorías, comisiones, becas y publicaciones. Marx llegó al puesto prometiendo romper ese “oligopolio curricular”. Pero terminó replicándolo: simplemente sustituyó a la élite anterior por una nueva, más dogmática, menos técnica y profundamente obediente.
Lo que antes era erudición pagada, ahora es ideología con presupuesto.
La soberbia llegó a niveles de vértigo. Desde el olimpo de la SEP, Marx dicta, regaña, excomulga, advierte y arde en ira pedagógica contra quien ose sugerir mejoras. Al estilo del clásico “no tiene culpa el indio, sino el que lo hace compadre”, no es Arriaga el problema, sino quien lo sostiene: un sistema educativo que premia la lealtad sobre la capacidad, y un sindicato —el SNTE— que calla por conveniencia, no vaya a ser que lo acusen de neoliberal y le pidan devolver las llaves del edificio de Venezuela 44.
Al final, Marx Arriaga no es un monstruo: es un síntoma. Representa lo que pasa cuando el poder deja de ser un instrumento y se convierte en identidad. Cuando el cargo ya no se ejerce, se habita. Cuando la educación deja de ser política pública y pasa a ser devoción religiosa.
Y mientras él se inmola simbólicamente por sus libros, ¿dónde está el verdadero responsable? En todos lados y en ninguno. Mario Delgado, ahora titular de la SEP, es un político disciplinado, sí, pero sin formación en pedagogía. Según él, la SEP “va bien”. Mientras tanto, datos del INEE (ya desaparecido, pero cuyos últimos estudios siguen vigentes) mostraban que más del 60% de los estudiantes de secundaria no comprende textos de nivel básico. Las cifras del Plan Nacional de Evaluación 2023 confirman la caída: comprensión lectora y matemáticas siguen en niveles críticos.
Pero claro, ¿para qué preocuparnos por eso si tenemos un libro sin recetas y un funcionario que promete inmolarse?
Triste panorama educativo. En México, da igual si vota un analfabeta funcional o una doctora de la Complutense: el valor de su sufragio es el mismo, pero las oportunidades no. Y ahí está la raíz del desastre: nadie en el poder —ni antes ni ahora— está dispuesto a asumir que sin educación no hay país que aguante.
Mientras tanto, Marx sigue creyendo que la educación es él. Y quizá, en un sistema que ha dejado de corregir y solo aplaude, no esté tan equivocado.
