Las tablas de Andrés Manuel: crónica de un regreso anunciado
Por Nico Underwood
Desde la Quinta La Chingada, porque el humor involuntario también es marca registrada, reapareció este domingo Andrés Manuel López Obrador, el hombre que jura retirarse cada seis meses para luego volver, como los villanos carismáticos de las telenovelas. Afirma que no regresa para hacerle sombra a su sucesora, Claudia Sheinbaum, sino para “presentarse como escritor”. El retiro espiritual terminó en livestream y el ex presidente volvió a ocupar el escenario que tanto dice no extrañar.
El motivo oficial es su nuevo libro, Grandeza, donde según él aborda los abusos de los conquistadores contra los pueblos originarios. Tema noble, sí, pero también perfecto para alguien que lleva años peleado con Hernán Cortés y que sigue viendo gachupines hasta en las galletas María. Dice que es su aporte a la “memoria histórica” del país. En realidad, parece otro capítulo en la construcción de su propio mito, un líder agraviado que se niega a salir de la historia porque teme que la historia lo deje fuera del reparto.
En su mensaje anunció que no recorrerá el país con su libro… “salvo que sea necesario”. Y ahí empieza la parte divertida. Define “necesario” como tres escenarios apocalípticos: que los oligarcas ataquen la democracia, que se amenace la soberanía nacional o que “acosen” a Claudia Sheinbaum. Traducido al idioma cotidiano, cualquier martes.
No habló de literatura ni de historia; habló de autoridad. De su derecho autoconcedido a volver cuando lo considere prudente, como si el país fuera un tablero que él puede ajustar a placer. Y en el fondo, sin proponérselo o quizá sí, volvió a colocarse por encima de su propia sucesora, como si Claudia necesitara un tutor, un guardián, un patriarca ideológico que aparezca cuando el guion se complica. El mensaje implícito fue claro “yo sigo al mando”.
El problema es que lo escucharon los militantes de Morena, muchos de los cuales ya no saben a quién obedecer. La presidenta constitucional o el líder espiritual que no se resigna a ser ex. En un movimiento que presume unidad, su presencia no unifica, confunde.
La reaparición de López Obrador rompe además la narrativa de continuidad que Sheinbaum intenta construir. ¿Cómo consolidar un nuevo liderazgo cuando el viejo sigue ocupando los micrófonos? ¿Cómo hablar de institucionalidad si cada palabra del fundador se convierte en dogma o advertencia? En su transmisión volvió a los viejos mantras, “primero los pobres”, “abrazos, no balazos”, “amor con amor se paga”. Más que un mensaje político fue un acto de nostalgia. AMLO parece incapaz de vivir fuera del escenario, y como todo actor que teme el olvido, ha convertido su retiro en una gira de despedida interminable.
Sheinbaum, mientras tanto, gobierna bajo la sombra de su creador, como si llevara un teleprompter invisible detrás. Su administración se percibe a veces como una secuela de la obra anterior, “Andrés Manuel Reloaded”. Ese es su mayor obstáculo,demostrar que el poder ya cambió de manos.
El título del libro, Grandeza, se presta para muchas lecturas. Grandeza del ego, grandeza de la permanencia, grandeza de la incapacidad para soltar. Y por supuesto, grandeza del espectáculo, porque si algo domina AMLO es el arte de mantener atención. La 4T, que nació prometiendo romper con los vicios del viejo régimen, terminó replicando su misma liturgia, el líder que no se retira, el culto a la figura, el miedo al vacío. Morena parece hoy un partido con dos jefes y una sola voluntad, la del que no deja de hablar.
Al final de su transmisión, López Obrador citó a Juan Gabriel. “Amor con amor se paga”. Y sí, sigue pagando con amor el poder que ya tuvo, como si el país fuera una relación sentimental que se niega a dar por terminada. El problema es que ese “amor eterno” se ha convertido en una forma de control. Andrés Manuel ya tuvo su turno y su historia; la escribió con tinta, con votos y con polarización suficiente para dos generaciones. Su insistencia en volver no revela grandeza, sino una profunda incapacidad para aceptar el silencio.
El retiro no se anuncia; se practica. Y mientras élsigue ensayando su despedida, México espera que la primera Presidenta empiece, de una vez por todas, su propio acto. Porque, como advirtióMontesquieu, “para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder frene al poder”. Y en este país, ese freno ya no puede venir del pasadodisfrazado de presente..
